FISURAS EN LA TORRE. EL FENÓMENO DE LA INVESTIGACIÓN A CONTRALUZ

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fisuras en la torre

Por Wilfer Alexis Yepes Muñoz*

«Estamos inmersos en la oscuridad,
pertenecemos al enigma,
pero por nuestra capacidad de interrogarnos
hemos concebido imágenes luminosas
del mundo y de nosotros mismos.
Por eso sentimos que el conocimiento
es un resplandor entre las noches»
(Rafael Argullol)

Un síntoma atraviesa a la academia: su gran obsesión, que es la de figurar, no tanto con el ‘deseo de saber’ aristotélico, cuyo trasfondo es la experiencia, la lentitud, la naturalidad y la dificultad. Al menos en esa intención no percibo el afán vanidoso de adueñarse, violentar y negociar con un resultado compartido, nunca excluyente, como prorrumpiendo de un punto cero sin mediación. O quizá mi romanticismo me lleva a pensar que el hecho de «investigar» —de «seguir las huellas» del preguntar, ligado al extrañamiento de quien no tiene voz y abre sus ojos más de la cuenta, al igual que sus labios sin aire ni vocablo— no es tanto desmantelar un «estado de cosas» con sus supuestos, ni siquiera cosificar mediante un acto de im–posición y posesión.

Investigar se traduce al completo vaciamiento de la subjetividad, lo que implica desnudar los ojos y silenciar el pensamiento, transformarlo en vaso meditativo por donde se deslizan las palabras, siempre a medio camino; ese preguntar que no renuncia a reconocerse pobremente en el borde, siempre abierto a las presencias veladas, que van siendo dadas en la medida en que nada buscamos, a veces. En efecto, este pensar meditativo necesita de espacios para el ocio y el silencio en la era de la persecución y el desmantelamiento: este sistema empresarial intenta sostener sus rascacielos de certidumbre con una visión extractivista de la misma inteligencia. Está tan lleno, tan obsesionado, que investigar no admite treguas, intervalos de silencio e incertidumbre y arte, generando en los «investigadores de nombre» esa presión parasitaria de arrancarle a sus subalternos toda su savia en función de unos rankings que son apenas el intento de mancillar el saber, la educación misma y un conocimiento desconectado que compite por figurar y mantenerse en algún apartamento de la torre.

Es una economía piramidal la que subvalora los ritmos necesariamente contextualizados, lo que exige globalizar para contribuir con el sistema jerárquico en cuyas reglas la gran mayoría únicamente encaja para excluirse. Mi crítica no va dirigida a quienes acogen la investigación en tanto servicio a los problemas acuciantes, que casi nunca dan espera. Lo preocupante es que el exceso de papers invada las bibliotecas y no las mentes, lo que redunda en un Armagedón que poco o nada influye, y se limita al vil plan de una empresa educativa donde el valor se confunde con la presión del sistema y no con la convicción de aquel que se sabe asediado por el enigma.

Investigar no puede limitarse a los parámetros de ciertos saberes. En las humanidades vamos a otro ritmo, y no siempre hacia adelante. Nuestra historicidad nos conduce como por una espiral: valora el pasado, la incertidumbre, la posibilidad, las conjeturas, las realidades que palpitan y emergen de nuestros claroscuros. Investigar es una manera de ser en la que resuena nuestra condición de no–estar–en–casa, y nuestras construcciones de sentido terminan siendo tiendas de campaña donde algo o alguien se gesta. Allí también esbozamos esas alteridades y extrañezas por las que nunca encajamos.

Investigar por convicción y sin presión es, por tanto, reconocer el doble movimiento del pensar, que nos legó Joseph Esquirol en su lectura del mundo moderno: el que nos avoca a conquistar algo y a amplificar nuestro campo de visión, a saber, el «pensamiento extensivo». Pero allí mismo el movimiento «tensivo» nos convoca a la profundidad, a nuestra propia finitud, por la que tomamos distancia de eso que hacemos y vemos con cierta lejanía ontológica: esa gran ocupación que es nuestro conocimiento, también finito; un mundo que nos ubica, ya no en el centro del asedio, sino en el borde que busca ampliar su horizonte. ¿Y si uniéramos fuerzas ante este modus operandi que socava nuestro modus vivendi en esa red de pesca que nunca será inofensiva?

Que la investigación no sea un modo de «autoexplotación» —y aquí recuerdo la lectura foucoultiana de Byun Chull Han con el concepto de «psicopolítica», un modo inmaterial de vigilancia y castigo para el sujeto en red de quien el investigador es un epifenómeno— por la que simulamos ser algo para alguien. A esto lo he llamado en otros escritos «soledad de lo conocido». ¿En qué lugar me desencuentro? ¿Cuándo reanudo el plan de profundidad donde no reina la razón prometeica y el logos es experiencia de inmersión? Investigar es, en definitiva, hacer que el pensamiento acuda a la tensión, la profundidad y la finitud antes, durante y después de que ocurran las torres.

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*Wilfer Alexis Yepes Muñoz (Medellín, Colombia, 1985). Es Doctor en Filosofía (2015), Magíster en Filosofía (2013), Filósofo (2007) y Licenciado en Filosofía y Letras (2012) por la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín). Se ha desempeñado como docente de cátedra y como director de trabajos de investigación posgradual en la facultad de Filosofía de dicha institución. Áreas de investigación y docencia: filosofía contemporánea, filosofía del arte y estética, hermenéutica, teoría literaria, pensamiento y literatura latinoamericanos, y la relación filosofía-literatura.

De su pasión por la literatura y la filosofía han surgido numerosos artículos para revistas académicas indexadas y entre sus libros destacan ‘Lo humano como ficción. El pensamiento mágico de Ernesto Sábato’ (2017) y ‘Hacia una estética del conocimiento’. ‘El conocimiento como creación en la perspectiva de Nietzsche’ (2015). También publicó tres poemarios: ‘Reflejos en el agua’ (2013), ‘Adjetivo de límite’ (2014) y ‘Un espejo en el centro del mundo’ (2023).

5 COMENTARIOS

  1. Wilfer: Muy clara y oportuna la lectura de la investigación académica actual y lo lejana que está de su sentido más auténtico ! Muy bien escrito!!! Felicitaciones!!!

  2. Mi amigo, desde que te conocí, sentí que eras poesía, no puedes dejar de escribir con un tono rítmico que entusiasma los sentidos.

    Te concedo la razon. La vanidad de los investigadores y la moda de los rankings enlodan la verdadera esencia de la experiencia y el conocimiento.

  3. Doctor Wilfer , excelente su texto . Estoy en consonancia con usted en qué la investigación como fruto del asombro debe colmar vuestras mentes y no solo las bibliotecas y los miles de papers que a diario surgen como atiborramiento de infirma vino y no cómo acceso a una verdadera sabiduría práctica .

    Mucha gracias

  4. Doctor Wilfer,
    Excelente artículo. Se distingue por su claridad, profundidad y tono poético. Presenta una postura que invita a una reflexión más humanizadora de la investigación en la realidad del mundo contemporáneo.

  5. Profesor Wilfer, su texto me dejó pensando mucho. Esa imagen de las fisuras en la torre me pareció profundamente honesta, porque nos recuerda que la investigación no es un edificio perfecto, sino un espacio lleno de grietas, de preguntas sin resolver y de búsquedas que también nos exponen. Leerlo fue como mirar la investigación desde otro ángulo, “a contraluz”, donde aparecen las sombras, las emociones y las tensiones que a veces tratamos de ocultar detrás de la objetividad. Le abrazo desde la distancia

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