
Por Homero Carvalho Oliva*
«El odio es como una espada de dos filos.
Cuando cortas a la otra persona,
te cortas a ti mismo. Cuanto más violentamente
trates a la otra persona, más violentamente
te tratas a ti mismo».
(Haruki Murakami)
«La locura es relativa. Depende de quién
tiene a quién encerrado en qué jaula».
(Ray Bradbury)
Hace más de dos siglos, Johann von Goethe nos aclaró que «no tenemos que visitar un manicomio para encontrar mentes desordenadas, nuestro planeta es la institución de salud mental del universo». Todas las noches, la falsa polígrafa redacta el texto que, al día siguiente, orgullosa de su creación, publicará en alguna de las ignotas revistas virtuales, boletines elaborados para el Libro de las caras, en los que el autor pretende extender la admiración hacia su hermoso rostro repetido ad infinitum. Imagina, orgasmo cibernético, su apuesto semblante multiplicándose en celulares y laptops: sus profundos ojos negros, su roja boca, su espesa barba merecidamente encanecida, su peinado de salón de belleza y su piel radiante de filtros. Es la más hermosa criatura de la Creación.
Cada mañana el aprendiz de narrador, grafómano impenitente, abre, uno por uno, los perfiles que ha fabricado para distribuir sus escritos, siempre acompañados con una hoja de vida repleta de diplomas y falsos títulos de las redes sociales (tiene una carpeta virtual y otra impresa, en la que, para su frustración, no figura ningún premio literario, si acaso alguno de sus años de colegial que lo hicieron ilusionarse); el escritor/a, ansioso de ser leído, desfallece si no le publican sus textos y/o si lee un comentario que cree lo alude o lo hace sospechar que se refiere a él/ella; cuando no encuentran con quien hostilizar se inventan hipotéticos ataques que los endilgan a escritores de prestigio, para que sus pocos lectores crean que se ocupan de él/ella/ellos, uno de estos engendros aseguró que un poeta habría dicho que: «si se hubiera dedicado a escribir, antes que a insultar, podría haber pergeñado por lo menos, un buen poema», otro, larvado en la emulación, asegura, sin ruborizarse, que un novelista dijo que «era un pésimo narrador» y está la vieja bruja que, cuando algún cuentista habla de almas negras y hediondas, se ofende, lo paradójico es que, traicionados por su inmoralidad, dicen cosas de ellos mismos que son reales: el espejo de sus oprobios, la ley del espejo que refleja una imagen fiel de la realidad interior, cómplice y enemigo de él/ellas/ellos; es entonces que dejan salir a Leviatán, gritan, lloran, maldicen, se calman, toman su mate de pasiflora y navegan por las redes buscando aliados entre los canallas de todos los tiempos: los odiadores seriales, cibernautas resentidos, ocultos en personalidades falsificadas, cuentas con nombres de afamados escritores difuntos, los más cínicos usan sus nombres de bautismo, amparados en la cobardía de la injuria virtual, machitos para pegar por la espalda, todos ellos iguales a ella/él. ¿Qué sería de él/ella/ellos sin las redes, esos espacios sellados por la opacidad? Las redes sociales les dan la oportunidad de odiar a todos por igual sin tener que enfrentarlos físicamente.
Esta operación se activa a cualquier hora del día o la noche, porque en algún lugar del planeta existe un hater esperando ser invocado para compartir acometidas ad hominen; así que primero aparece, puntual, la infame misógina, experta en libelos contra la familia, la vida y los ingresos económicos de la víctima elegida al azar o aviesamente, no importa, el fin justifica la elección, así sea su propio exilio interior: llamar a atención hacia ellos, inmortalizarse a costa de otros, colgarse del prestigio ajeno; tampoco falta el ensayista apócrifo que plagia títulos y parte del contenido de los ensayos académicos de quien se le cruza en el camino; juntos, envalentonados, buscan al versificador homofóbico para que «critique» poemarios burlándose de algún rapsoda de moda (no puede ser que sea exitoso, si él/ella que escriben desde hace años no lo son); el olor de la supuesta masacre atrae a cronistas sin crónicas, que descalifican los viajes de escritores a encuentros literarios, ferias del libro y festivales de poesía; quieren creer que fueron injustamente abandonadas y, con sus cantos de sirenas despechadas ceban a novelistas sin novelas conocidas que cuestionan obras que jamás leyeron, nomás porque algún escritor «burgués» la recomendó o porque el autor tiene apellidos europeos; por ahí anda el pretendido cuentista matón que aterroriza en las redes desafiando a puñetes a medio mundo, para que nadie se atreva a decir la verdad sobre su obra y los inefables pajpacos (embaucadores en idioma aimara, versados en urdir engaños) que afirman que únicamente los pobres y descendientes de indígenas tienen derecho a escribir bien (y lo hacen en la lengua del conquistador), así como los que les llevan la contra solo por joder, como el caso de un indígena ilegítimo que anónimamente ataca sus amiguitos.
No obstante, ahí están, prestos a pedir favores, a mendigar que los incluyan en antologías, en lecturas, en encuentros literarios, en fin…para luego hacerse los ofendidos, seres ingratos, incapaces de agradecer, sentimiento noble que jamás poseerán; a todos ellos/ellas los une la esperanza de que la sociedad reconozca méritos que juran poseer, mientras tanto se sienten obligados a convertirse en Guy Fawkes para vengar a todos los despreciados de las artes; nunca les es suficiente para calmar el dolor y disipar algo del sórdido arrebato contra los otros, el verdadero infierno que los consume, satisfacer el odio, el encono personal, escribiendo fárragos sin sentido en vez de párrafos coherentes. Sin embargo, la búsqueda entraña el riesgo de encontrarse con un impostor de su misma talla, experto en memes y pasquines digitales que, de vez en cuando, deja en evidencia que él/ella son tan malos escritores que no saben diferenciar la estructura de un cuento de la de un artículo de opinión; obligándolos a él/ella/ellos a publicar aclaraciones sobre su virtuosidad literaria, explicaciones que a nadie interesan (excepto a ella/él/ellos of course, and yet, yet, yet…).
Perdido en algún lugar de su memoria, sobrevive el literato de estos grupos (siempre hay uno) que redacta las diferencias entre persona y personaje, valiéndose de términos herméticos, difíciles de pronunciar, que espantan al más valiente lector. Luego hace su aparición en escena el prosista que tiene la misión de mostrar al mundo la gran sabiduría y formación académica de él/ella/ellos y acusar a sus enemigos íntimos de protervos vástagos de meretrices, de padres alcohólicos, de pobres locos que no merecen la bondad de nadie, porque para él/ellos/ellas la locura es una enfermedad de los débiles. Ella/él/ellos están más allá de esas banalidades sin importancia, sencillamente porque los límites no fueron establecidos para ellos, los elegidos de Dios, privilegio que resaltan en los chats de enganche. Hay que sumar aliados, embaucar, seducir, para eso está el equipo de ensueño que se encarga de reclutar a novatos, aprendices del oficio que creen que la literatura es una pelea de perros callejeros; escritores mediocres que asumen que la Inteligencia Artificial los dejará sin trabajo a todos ellos; viven en un inacabable otoño arrastrados por el viento del desaliento que deshoja los días y los borradores que nunca concluyen, esa es la desoladora realidad; es la hora de los vendedores de ilusiones que les prometen hacerlos célebres Urbi et Orbi: «conmigo te leerán en todas partes, a mí me publican en muchos países», aseguran los falsos historiadores de las cloacas, al final les publican algún texto en una efímera página virtual, un poema que pagan para que lo traduzcan a idiomas imposibles (siempre el mismo poema corregido por un poeta); presumen de algunos likes y creen haber comprado lealtades, olvidando que él/ella/ellos son religiosamente ingratos.
Acechante emerge un rimador, bautizado por los demonios de la envidia en la pila de la maldad, cuya mayor obra es un libro con las páginas en blanco, presentado en una feria del libro como novedad universal, le encanta humillar a jóvenes poetas y a uno, en especial, cuyo progenitor le había aconsejado: «Escribe, la palabra le dará razón a tu locura». Intentando salir de los embrollos y de las vilezas que provocan, ella/él/ellos escriben temas triviales, pasatiempos, diversiones, recurren a los recuerdos de otros para apropiarse de estampas familiares; intentando dotarles a sus prosas de cierta ternura contaminada con lacrimosas frases incoherentes y lugares comunes. Basta, entonces, un comentario a un post y estalla ¡Guerra! Usurpan la de Ucrania para contar la misma historia de niñas huérfanas y de mujeres tristes; pero jamás se comprometen apoyando a los palestinos o a los africanos; la guerra y sus crueldades se convierten en el pretexto para «épicas batallas» que imaginan librar en las redes: anónimos, pseudónimos, personas reales, los tres en uno como la Santísima Trinidad o dos, poetas/escritores bipolares, la maldad no da sosiego y ellos se escabullen luego de lanzar la primera piedra. ¡Honor y gloria a los caídos!, sin importar los daños colaterales.

Una persona que los representa a todos, está feliz: él/la patética filósofa del resentimiento, que es capaz de las más irracionales mitomanías contra sus imaginarios enemigos, desde la enumeración de los defectos físicos (hay una que se regocija haciendo escarnio de los cojos, tuertos y tartamudos, dejando ver su enfermo ardor carnal), llegan hasta el descaro de pronosticarles muertes crueles, amparadas en cartas sin remitente (reproducir chismes es cool para ella/él/ellos), atacan miserablemente a abuelos, padres, esposas, hijos, amigos, nada parece satisfacer su impertinente malevolencia; la oscura cortesana es el ejemplo ideal de los profesionales del odio que bogan en el mar de las apariencias, rebuscando pleitos ajenos para incentivar a la violencia, a ella le fue otorgado el doctorado honoris causa del rencor y, estas ratas, invariablemente, terminan peor que los supuestos protagonistas de sus antipatías. Las amigas/enemigas de algunas de ellas/ellos las han visto con sus sombreros lanzando maleficios por doquier, expertos en mal de ojo, maldiciones aprendidas en favelas de ciertas ciudades de Brasil, Santa Cruz de la Sierra, Oruro y/o en El Alto. Pandilla de biógrafos carroñeros de la miseria humana, tejedores de farsas, subestiman tanto a sus víctimas como a los lectores y no aceptan que el odio es definitivamente adictivo. Tan ensimismados están en el chismorreo asqueroso que, como dice el gran Vicente Huidobro, no se dan cuenta de que «en verdad no hacen el menor daño a ningún autor».
Los creadores de la palabra, que aman la literatura, también han sentido el odio estrujando sus tripas, traicionándose a sí mismos, como cualquier mortal con honda visión de la condición humana, y han caído, alguna vez, en, los vicios de la hostilidad; pero no se trata de escritores que odian, se trata de odiadores que escriben como si estuvieran trasnochados en un bar de mala muerte. Como ya lo advirtió Aristóteles: «La ira puede curarse con el tiempo, el odio no tiene cura». A los escritores y poetas, los de verdad verdadera, no les queda más que remediar las heridas de la guerra, atrincherarse en el amor y guardar la indignación para rescatarla en el momento oportuno.
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Para él/ella/ellos ver su rostro virtual apacigua al único dios cruel que adoran con ferocidad egocéntrica, están seguros de que algún día, no muy lejano, reconocerán sus genialidades. ¿Lo harán? Cierran los ojos inmersos en sus sueños y no pueden ver que sus iconografías se transmutan en los perseguidores de sus propias sombras; el narcisismo es un velo que les impide reconocer que las ofensas contra otros y otras, en realidad, son contra ellos mismos, tristes exhibicionistas de sus miserias. Hasta que una noche, cansada/o de escribir los insultos del día siguiente y de lidiar con la vergüenza de una de sus versiones digitales, deciden mirar la película Fragmentado, dirigida por M. Night Shyamalan, acerca del Trastorno de Identidad Disociativo y, en una escena, por un instante, un nanosegundo dirían los microficcionistas, creen atisbarse a sí mismos en algunas identidades; un relámpago les recuerda, que, hacía varias décadas, su abuela la había llevado a un parque, le mostró un gigantesco mural, de lejos, la imagen era el retrato de un hombre, a medida que el niño y el abuelo se acercaban, la pintura se iba descomponiendo en decenas de mosaicos, cada uno aportaba lo suyo porque así lo había concebido el artista muralista; cada cerámica ordenada contribuía con colores, con ángulos, con pliegues. «Somos todo o no somos nada», le aclaró la abuela y la niña quedó impresionada, tanto que, durante años, retornó a estudiar la monumentalidad de la obra, la poliangularidad, cambiando puntos de vista, invariablemente encontraba algo nuevo.
El viejo/vieja escritor/escritora, ya un despojo humano, abandona a la niña en el pasado, cree que el rostro del mural es el suyo, decide amplificar una de sus fotografías para observar los mosaicos que la forman, la amplía con los dedos, poco a poco, mientras lo hace la imagen de la anciana poeta, del joven infamador, desaparece en los píxeles, colores sin sentido, sobresaturados, aterrado él/la cuentera, niña, joven, adulto, mujer, hombre, anciana, descubre que esos fragmentos imprecisos son piezas de otros murales/muros con los que ella/él/ellos, extraviados en los dédalos megalómanos del inconsciente, pretendieron componer la totalidad de las suyas imitando estilos, temas y contenidos, comprueban que los píxeles abren los rostros de otros escritores y que los retratos de ella/él/ellos desaparecen en la marea de semblantes de los que han abusado para llamar la atención hacia ellos; el psiquiatra tiene razón, no es el Síndrome de Personalidad Múltiple lo que padecen, que podía ser una excusa para sus perversidades, es algo que se niegan a aceptar: que son psicópatas, que en el fondo del fondo, entienden que sus obras no merecen ni una micro reseña, ni siquiera una comparación con el escribidor de la novela de Mario Vargas Llosa y eso que se esfuerzan en escribir al estilo folletín, frívolos y pueriles. Un poeta tarijeño, amante de Amy Winehouse, los sepultó con esta frase: «hacen cualquiera cosa para parecer escritores y poetas, menos escribir bien». Horrorizados, descifran que son nadie, que nunca lograron ser alguien, acaso los pedazos de espejos destrozados por otros huéspedes de la virtualidad sea su realidad real. La locura, la memoria del caos primordial, la evanescente reminiscencia del ser humano desamparado ante la oscuridad, no los salvará de la histeria porque escrito está que el día del Juicio final el dios de la demencia sabrá reconocer a los suyos y el de la maldad también.
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*Homero Carvalho Oliva (Santa Ana del Yacuma, Bolivia, 1957). Escritor y poeta, ha obtenido premios de cuento, poesía, microcuento, novela y ensayo a nivel nacional e internacional. Su obra literaria ha sido publicada en otros países por prestigiosas editoriales y traducida a varios idiomas; poemas, cuentos y microficciones suyas están incluidos en más de cien antologías internacionales, además de revistas y suplementos literarios por todo el mundo. Es autor de antologías de poesía, de cuentos y microcuentos publicadas en varios países, como la Antología de poesía del siglo XX en Bolivia, publicada por la editorial Visor de España y otra publicada por la Fundación Pablo Neruda, de Chile; así como también de selecciones personales de su poesía y de sus cuentos. Dirige las colecciones digitales de novela y microficción de la editorial española BGR y su obra es estudiada en universidades de Iberoamérica.
