LA PESADILLA DE LOS OTROS. A PROPÓSITO DE HAN KANG

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la pesadilla de los otros
Por Memo Ánjel*

«¿A dónde quieres llegar?»
(Han Kang. La vegetariana)

COREA DEL SUR

La palabra Corea significa danza y, en el asunto político, la del Sur hoy en día es una especia de territorio no definido o invisible de los Estados Unidos. Hasta 1948, toda la región era una colonia japonesa, hasta que los norteamericanos le declararon la guerra y al fin se dividió en dos (la del Norte y la del Sur), la primera comunista (Mao se metió en la repartición) y la segunda capitalista, ambas divididas por una línea muy delgada, como pasó con el muro de Berlín. Y así, usando la palabra Corea como danza, en asuntos geopolíticos es parecida a un tango que bailan dos que se odian, pero no se pisan. Y donde sigue retumbando la novela de Norman Mailer, Los desnudos y los muertos, en la que un soldado estadounidense le pregunta a otro: ¿qué hacemos aquí tan lejos de casa defendiendo lo que esta gente no ha pedido ni entiende?

De Corea del Norte sabemos que es un fantasma que cada tanto asusta la región tirando misiles, que socialmente se mantiene en una especie de Edad Media y, que más que comunista, es una monarquía mongola (al menos eso dice la propaganda), delirante y anacrónica. Y que hace frontera con la gente de Corea del Sur, sitio este que pasó de comer raíces y solo sopa de carne de perro (Boshitang), todavía apetecida, a ser una sociedad económicamente boyante y consumista, de esas en la que circula el dinero a través de tarjetas de crédito y débito, dólares y yuanes; que se apretuja en los metros (un oficio es el de empujador de pasajeros para repletar el vagón), que estudia hasta no dar más (su índice de suicidios por malas notas es muy alto) y que, porcentualmente bebe el doble que los rusos. Pero su vida, que pasó de la confuciana (la de la reflexión después de los hechos) a la norteamericana, es bastante posmoderna: grandes verticalizaciones y pequeños espacios de vivienda (casi bonitos), vías repletas de carros, señales y semaforizaciones automatizadas; almacenes de todos los tipos (abundando los de tecnología informática y los sex shop), contaminación ambiental creciente, ropa informal y de marca, prostitutas que a más de su oficio les venden bebidas energizantes a sus clientes, buenos cineastas (Bong Joon-ho, Parásitos), adictos a los celulares y al trabajo, etc. Una sociedad tan locamente productiva que, con base en esta y sus movimientos acelerados y a veces sin objetivo, Byung Chul-Han (nacido en Seúl) escribió La sociedad de la fatiga, donde plantea que ya no hay gente que explota a otra sino los que se explotan a sí mismos. Pero no hay que hacerse ilusiones, porque nosotros en Occidente, los que vivimos en las grandes ciudades, estamos en las mismas, produciendo neurosis y consumiendo opiáceos que las frenen un poco. De aquí que la literatura y el cine sean asuntos de catarsis, las sectas lugares de reunión parecidas a los de alcohólicos anónimos, los gimnasios puntos de no envejecimiento, las relaciones cortas y superficiales (Byung Chul-Han, La agonía del Eros), y el capitalismo una religión que fomenta el estado de naturaleza. Agregando: datos, datos y ningún análisis de la situación. Lo que diga la pantalla.

VEGETALES Y CARNES

Los homínidos, como los cerdos, somos omnívoros. Y en el caso de los hombres y mujeres, carnívoros, primero de carnes crudas y después cocidas, lo que mejoró el funcionamiento del cerebro debido a la fácil digestión de las segundas. Y si bien nos diferenciamos de tigres, leones, hienas, ratones, gatos y perros (estos últimos ya a punta de cuido, aunque preferirían no comerlo), lo cierto es que seguimos conservando colmillos y cordales para arrancar la carne del hueso. Desde este punto de vista, lo de ser comedores de carne lo evidenciamos en la boca, sin que puedan hacer nada las doctrinas que promuevan el vegetarianismo, que de hecho son muy saludables y de muy buena acogida entre la gente que medita y que de alguna manera tiene razón en su postura, porque comerse a otro mamífero es casi un acto de canibalismo, dado que tenemos una cabeza similar (con igual número de orificios, mas una lengua), una espina dorsal que se parece, cuatro miembros que terminan en dedos (así creamos que son cascos), mas todo lo que toca a órganos internos (dos pulmones, un corazón, un hígado, dos riñones, un intestino, etc.), mas una entrada y una salida. Isaac Bashevis Singer (que era vegetariano), en su cuento El matarife, hace una gran reflexión de lo que significa matar y comer a un animal que comparte con nosotros soledad y compañía, alegría y tristeza, tranquilidad y dolor. Y especialmente el dolor, porque sus redes y terminales nerviosas son parecidas a las nuestras, lo que implica que se resienten cuando algo toca su cuerpo de manera violenta.

Sin embargo, ya son pocos los que comen directamente del animal (aunque no faltan y a eso lo llaman gastronomía para gourmets: langostas que llegan vivas y se las pasa por agua hirviendo para despresarlas, por ejemplo). Ahora la carne está mediada por harinas, vegetales, salsas que cambian los sabores y formas de preparación y presentación que no llevan a pensar que el trozo que comemos estaba pastando o gruñendo dos días antes o cacareando hace tres horas o nadando tranquilo antes de picar el anzuelo. Muertes que fueron violentas y van contra el principio budista de la ahimsa (la no violencia), que también siguen los hindúes, que además saben que Surabhi (la vaca sagrada) fue enviada por Krishna a la Tierra para alimentar las almas y tener contacto con los cielos, y por ello quien la mata ya no tiene derecho al nirvana.

El vegetarianismo (con su extensión, el veganismo), se ha tenido como comida sana que no alienta pasiones que se desbordan (la ira, la envidia, la codicia, teóricamente) y contiene los nutrientes necesarios para que la vida se dé en estado más armónico. Sus recetarios son amplios (algunos incluyen flores), sus sabores diversos y las presentaciones muy bellas y de fácil digestión. Pero quiérase o no, riñe con la alimentación primaria para que los hombres y mujeres fueron diseñados, que requiere en su sistema de proteína animal, así se diga que la lenteja la tiene. Sin embargo, se ha probado que se puede vivir de pan y agua, lo que demuestra que los vegetales (para el pan el trigo, el centeno, el maíz) cumplen un cometido que ha durado durante siglos, sobre todo en el Oriente donde el sorgo y el ajo han permitido que se sobreviva en la guerra y después de esta (Mo Yan).

Lo que sí no está demostrado es que los vegetales, que son seres vivos, no sientan dolor y se asusten cuando los arrancan, los pican, los muerden o los echan en cazuelas donde el aceite hierve. De ser así, comer vegetales sería como comer animales, con la excepción de que los últimos llevan a la violencia y los segundos no. Sería bueno que alguien explicara este asunto. Y como estamos hablando de carne y vegetales, de no violencia contra lo violento, la literatura acoge el tema y esta vez a través de Han Kang, la escritora surcoreana que ganó el Premio Nobel en 2024, empujada por su novela La vegetariana que narra lo posmoderno enfrentándolo a lo patriarcal, pues en la Seúl automatizada, consumista, workholista y codiciosa, hay tecnología a la mano, pero también tradiciones de cuando se vivía en un país rural y se llevaba cerdos para que escarbaran la tierra y encontrarán tubérculos. 

LA VEGETARIANA (SHAESIKJUUIJA)

Han Kang nació en 1970, cuando ya Corea seguía el modelo capitalista norteamericano y, si bien supo de la historia de sus padres y abuelos, esto le pareció un cuento de aparecidos: hambrunas, guerras, abandonos, mujeres sometidas a un machismo primitivo, muchos niños muertos. Poco que ver con la nueva Corea (ella vive en Seúl desde los 11 años) tan occidentalizada en cuestiones administrativas, de producción, educación y tecnología, agregando sus marginalidades: soledad, competitividad, carreras por el éxito, frustraciones consumistas (la felicidad que propone el aviso no se da), nuevas sexualidades introducidas por las tropas de ocupación norteamericanas, delincuencias informáticas, más las paranoias, esquizofrenias y síndromes diversos propios de la ciudad moderna, Y agrego, la sopa de perro se sigue comiendo, quizá como un intento por no perder las tradiciones y la identidad que estas procuran.

Han Kang estudió letras en la Universidad de Yonsei y trabajó tres años como periodista, lo que le hizo ver al detalle el mundo en el que estaba viviendo. Un mundo que había que refilmar, repoetizar y narrar protestando contra muchos críticos misóginos que se burlan de todo lo que hacen las mujeres (trabajo profesional, escritura, cine, etc.). Y como pasa que en la Seúl moderna, donde el atavismo de ciertas costumbres patriarcales se defiende igual que la economía, una novela como La vegetariana no solo es una manera de protestar sino de poner las cosas en su punto a través de una voz masculina que agrede, de otra que trata de equilibrar el asunto y de una femenina que entiende lo que pasa, pero con miedo.

En esta novela, que es una especie de obra de teatro en tres actos, Yeonghye, su protagonista, aparece a través de un marido (Han Kang asume una voz masculina, como también lo hace en sus obras Marguerite Yourcenar) que reclama servidumbre a su mujer, a la par que él mismo la vive con sus jefes. Y que trata de convertir a su esposa en un objeto despreciable porque ella ha dejado de comer carne, siendo la carne el hilo de la narración porque además de carne animal vedada también toca con el propio cuerpo, con los abusos que se viven, con la ciudad que reprime, con la pérdida de libertad frente a las apariencias y el consumismo. Y esa carne, que es la que nos contiene y propicia sueños, es un grito como el de Edvard Munch, tratando de defenderse con vegetales.

Han Kang no es la mujer insustancial de Chéjov, es La vegetariana, una situación, una narración que salta, es una cara en la ventana pegada contra un vidrio. Es un yo convertido en la pesadilla de los otros. Hay floreros de porcelana que muestran estas caras mientras al fondo se ven dragones flotando. Y esto es lo que pasa, y esto es un Nobel de literatura: la cara que se niega a ser carne de uso.

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* Memo Ánjel (José Guillermo Ánjel R.), Ph.D. en Filosofía, Comunicador social–periodista, profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín–Colombia) y escritor. Libros traducidos al alemán: Das meschuggene Jahr, Das Fenster zum Meer, Geschichten vom Fenstersims. En la actualidad se está traduciendo Mindeles Liebe.

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