
Por Gustavo Arango*
Hace unas semanas, durante una clase virtual, me vi intentando responder a una pregunta a la que nunca he sabido darle una respuesta satisfactoria. Al final de dos horas durante las que creo haber logrado de manera decorosa despertar en algunos el interés por la lectura (siempre he creído que las razones para leer no son la utilidad o la necesidad, sino el hecho simple de que quien no lo hace se pierde de uno de los mejores placeres de la vida), uno de los participantes me pidió que le recomendara un libro «para empezar a leer».
He enfrentado esa pregunta el tiempo suficiente para saber que la respuesta no es el libro o los libros que en mi caso personal despertaron la pasión por la lectura, que tampoco es recomendable sugerir libros de moda (entre otras cosas porque soy alérgico a los libros de moda), y que la única respuesta posible es que para cada persona ese libro inicial puede y debe ser diferente, pues cada uno de nosotros se asoma al mundo con ojos diferentes.
Para no dejar la respuesta ahí, sugerí que alargaran la mano y tomaran el primer libro que tuvieran a su alcance, que buscaran aquellas lecturas que resonaran con sus propios intereses y que, una vez halladas, leyeran todo lo que encontraran de esos autores. Más adelante, la búsqueda podría extenderse a los autores que influyeron en esos autores, porque (y eso lo tengo claro) la verdadera originalidad está en el origen, en los primeros que dijeron algo y obligaron a los que vinieron luego a intentar imitarlos.
Pero, como soy lento de entendederas, suele suceder que las mejores respuestas se me ocurren cuando ya la otra persona no puede escucharlas. Días después de la clase, navegando entre estantes de la biblioteca pública del pueblo donde vivo, encontré en un lugar muy visible un libro que llamó mi atención y comprendí que lo ideal en materia de lectura no es buscar algún libro que alguien nos recomienda, sino esperar con la atención despierta a que los libros mismos vengan a buscarnos.
En mi último artículo de esta serie hablé de un libro que renovó mi interés en las enseñanzas de Sócrates. No fui muy enfático en el texto, pero una de las inquietudes más persistentes que me dejó esa lectura es el hecho simple y paradójico de que es casi imposible pensar que estamos equivocados, que nos movemos por el mundo embriagados de errores que creemos verdades incuestionables.
De manera que, más que una sorpresa, fue un alivio encontrar en la biblioteca el libro Pero, ¿y si estamos equivocados? (But What If We’re Wrong?), de Chuck Klosterman. Me bastó hojearlo un poco para saber que era la compañía ideal en esa reflexión que me ha venido acompañando.
La premisa principal del libro es que, en efecto, estamos equivocados en casi todo lo que pensamos y asumimos como verdadero. El subtítulo del libro propone una solución: «Pensando en el presente como si fuera el pasado». Klosterman nos recuerda que por cerca de diecisiete siglos los principios de la física formulados por Aristóteles se consideraron verdaderos (en el caso concreto de la fuerza de gravedad), hasta que Newton los declaró obsoletos. Las ideas de Newton, por su parte, permanecieron sólidas por casi tres siglos, hasta que Einstein hizo una aclaración que abrió nuevos horizontes a la ciencia con la física cuántica. Klosterman nos invita a imaginar un mundo en el que las ideas de hoy resulten obsoletas y propone que cualquier predicción que hagamos será equivocada.

Su reflexión sobre la posteridad en literatura y música es apasionante. El autor nos recuerda que Kafka era casi un desconocido en el momento de su muerte y hoy es una figura clave para entender la literatura del siglo veinte; que Melville murió en medio del desprestigio y el anonimato, y que su Moby Dick tardaría cerca de 80 años para ser considerada una de las novelas más importantes de los últimos dos siglos. Esos curiosos caprichos de la posteridad han venido ocurriendo mientras que a la mayoría de los autores más leídos y respetados de cada época nadie los lee ni los recuerda. Klosterman también observa que la tendencia es que las multitudes del pasado con el tiempo se reduzcan a solo uno o dos nombres, y que la elección de esos nombres tiene algo de accidental y de arbitrario (en literatura la única condición parece ser que en lugar de explorar lugares comunes los autores se «asomen al abismo»). La conclusión es que, cuando en el futuro se vuelvan a mirar estas primeras décadas del siglo veintiuno, lo más probable es que ninguno de los nombres que hoy brillan termine siendo el más representativo de su tiempo: «Sospecho que aquel que de manera arbitraria sea elegido para representar la grandeza literaria a comienzos del siglo veintiuno es —en este momento— un perfecto desconocido o alguien a quien sus contemporáneos hoy no respetan».
Como experto en la industria musical, Klosterman hace la misma reflexión sobre la música y concluye que la posteridad del rock estará representada por Bob Dylan o Elvis Presley, y que la elección de uno u otro hará que el futuro vea y entienda ese género musical de manera completamente distinta. Pero faltaría a sus principios si no reconociera que es muy probable que esté equivocado en su predicción y que también es posible que para la posteridad la esencia del rock la represente un músico o un grupo que ahora mismo está ignorado o se le considera con desprecio.
Las reflexiones sobre la ciencia y las sociedades me resultaron menos apasionantes, pero no faltará quien las considere la mejor parte del libro. Klosterman especula sobre la posibilidad de entender, demostrar y explorar universos paralelos; reflexiona sobre la manera acelerada como la tecnología ha cambiado la vida de la gente (y las desacertadas predicciones de tres o cuatro décadas atrás); imagina catástrofes (el libro fue publicado en 2016, y su incapacidad para prever la pandemia que se venía encima ratifica la idea central del libro), y hasta se permite imaginar que la democracia puede llegar a ser vista como algo obsoleto.
El libro abunda en reflexiones interesantes: «Toda fortaleza, si se le da tiempo suficiente, es una debilidad». «Si se vive lo suficiente, probablemente llegará un momento en que será imposible evitar que uno parezca loco». «Pasamos nuestras vidas aprendiendo muchas cosas, solo para descubrir una y otra vez que la mayor parte de lo que aprendimos está equivocado o es irrelevante» (todavía estoy esperando a que me sirva para algo haber aprendido sobre los logaritmos). Pero, en lugar de deprimir, la idea de que casi siempre estamos equivocados tiene en últimas un efecto vivificante. Pues, entre los beneficios de considerar que nuestras suposiciones estén erradas, se encuentra el que podamos ver la vida con humildad y con una actitud abierta para el asombro y la maravilla.
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* Gustavo Arango es profesor de español y literatura latinoamericana de la Universidad del Estado de Nueva York (SUNY), en Oneonta y fue editor del suplemento literario del diario El Universal de Cartagena. Ganó el Premio B Bicentenario de Novela 2010, en México, con El origen del mundo (México 2010, Colombia, 2011) y el Premio Internacional Marcio Veloz Maggiolo (Nueva York, 2002), por La risa del muerto, a la mejor novela en español escrita en los Estados Unidos. Recibió en Colombia el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en 1982, y fue el autor homenajeado por la New York Hispanic/Latino Book Fair, en el marco del Mes de la Herencia Hispana, en octubre de 2013. Ha sido finalista del Premio Herralde de Novela 2007 (por El origen del mundo) y 2014 (por Morir en Sri Lanka).

Estamos equivocados en casi todo, excepto en que tenemos la razón en pensar que lo estamos. Una reflexión tan realista y acertada para cualquier tiempo de vida, que nos hace replantear el camino, las decisiones y el objetivo de la existencia. Gracias por acertar en un tema que merece mucha mayor profundidad y que de ser generalizado por la humanidad, quizás el mundo sería un mejor lugar de convivencia.