ORGULLO Y PREJUICIO O EL MATRIMONIO COMO NEGOCIO

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orgullo y prejuicio

(Una novela para reflexionar sobre las mujeres y la decadencia de la aristocracia)
Por Reinaldo Spitaletta*

El primer párrafo de una obra literaria, como también puede suceder con el lead de un reportaje, es una promesa, un atisbo, un aviso de alerta de lo que viene, de lo que apenas está naciendo. Así, descollantes comienzos, inolvidables por lo demás, se encuentran, solo por mencionar unas cuantas obras, en La Ilíada y La Odisea, en la Comedia de Dante, en Cien años de soledad y, para no abundar, en Orgullo y prejuicio, de Jane Austen: «Es por todos conocido que un hombre soltero en posesión de una gran fortuna debe encontrarse en búsqueda de una esposa».

Es un inicio inquietante que, además, otorga un tono particular a la narración, y un carácter. En esa declaración inicial —y el lector lo irá descubriendo en los párrafos subsiguientes— hay una traza de ironía contenida, o, de otra forma, de sarcasmo. Es un principio que corresponde a un tiempo de la historia, a una época, y en este caso de la novela, a los finales del siglo XVIII y los albores del siglo XIX, y al rol de las mujeres, y también de los hombres, sobre todo si gozan de patrimonio abundante, aunque carezcan de apostura y amabilidad.

Vámonos de paseo hacia el afuera de los condados, los campos, las conversaciones, las epístolas, los bailes, y situémonos, como lectores avisados, después de terminar la novela de esta escritora audaz, por qué nada o muy poco de lo narrado se refiere a tiempos como aquellos, en los que sucedió de todo en la historia, en los imaginarios sociales, con disímiles acontecimientos, algunos de enorme contundencia, por qué, se pregunta uno, están ausentes en esta ficción. La novelista nació el 16 de diciembre de 1775 (murió cuarenta y un años después), en tiempos de ascenso de las ideas ilustradas, liberales; de la decadencia de la aristocracia y ascenso de la burguesía; de la revolución de independencia de los Estados Unidos, y, en 1789, de la Revolución Francesa.

Ya se estaban marcando los primeros hitos de la Revolución Industrial, el capitalismo en ascenso. Y, por otra parte, son los tiempos de Napoleón Bonaparte, de la restauración monárquica, del ascenso y derrota del corso, de su Waterloo. Las mujeres, en particular en Francia, estaban luchando por el derecho al sufragio. A fines del siglo XVIII ya están regadas las raíces del romanticismo, y las nuevas ideas filosóficas se extienden por Europa. Son tiempos de Goethe, de Hegel, de Coleridge, de William Blake… Lo viejo lucha contra lo nuevo. Son días de las primeras novelas góticas. Son tantas las cosas que acontecen ese breve período que abarca unos cincuenta años, entre dos centurias.

Pero, qué curioso. En Orgullo y prejuicio todo parece una existencia exclusiva de muchachas, de pretendientes, de señores y señoras, de amas de llave, pero nada que se relacione con las contiendas ideológicas, con las nuevas propuestas económicas y sociales. Lo que se consolida en esta obra, que tiene diálogos exuberantes, con sentido y muy bien diseñados, es la predominancia de los bailes, los paseos en coche, las ganas de casarse de las muchachas y una visión del matrimonio muy conectada, claro, con el patrimonio.

Se ha dicho de esta escritora excepcional que mantuvo una distancia —si se analiza su contexto— muy considerable con la historia, con los choques ideológicos y de otra índole de lo nuevo contra lo viejo. Era una escritora en estado puro. Solo vivía, parece, para crear personajes, ambientes, para dar cuenta de la existencia de lo femenino, con refinada ironía. Ella, que tuvo cinco hermanos y solo una hermana, va a desarrollar en Orgullo y prejuicio una caracterización paradigmática de cinco mujeres, y, además, de los padres de estas, un señor muy irónico y tragicómico, y una señora superficial, más pendiente de modas y bagatelas que de otros asuntos.

La novelista da cuenta, con tonos que oscilan entre la sátira, la comicidad y los cuestionamientos a determinadas personalidades, de las costumbres de su tiempo, en las cuales se reúnen aspectos jurídicos, intereses de una aristocracia rancia y a punto de ser arrollada por la historia. Y, sobre todo, es una conocedora a fondo de lo que después —quizá ya entrando el siglo XX— se denominará como psicología femenina, que en la novela está ligada a mentalidades de larga duración en Inglaterra y otras geografías.

Desde muy jovencita, Jane Austen se dedicó a la escritura, en particular con la intención de divertir a su clan familiar, que por lo demás estaba constituido por gente culta y religiosa. Su papá, recordémoslo, era párroco e instructor de aspirantes a la Universidad de Oxford. De lo primero que escribió, según se sabe, fueron historias a modo de epístolas (llegó a dominar este género, que, como es conocido, estuvo en boga en tiempos en que la carta era el principal medio de comunicación). Orgullo y prejuicio en su primera versión, que terminó a los 21 años de edad, se llamó Primeras impresiones.

Uno de sus contemporáneos, Sir Walter Scott (tan caro a la infancia y adolescencia de lectores de todas partes, con obras, por ejemplo, como Ivanhoe), escribió sobre Jane Austen: «He vuelto a leer por tercera vez al menos, la muy fina novela de la señorita Austen Orgullo y prejuicio. Esa dama tenía talento para describir compromisos, sentimientos y personas de la vida ordinaria, un talento que yo considero el más maravilloso que he conocido». Además de escribir bien, la narradora fue una extraordinaria bailarina. Ella misma lo afirma en una de sus cartas: «Hubo veinte danzas y las bailé todas sin sentir la menor fatiga. Me sentí feliz al saberme capaz de bailar tanto…», escribió en 1798.

Ahora sí, nos podemos ir introduciendo en algunos aspectos clave de esta novela, que para algunos lectores de hoy, no sé por qué, les recuerda argumentos de la española Corín Tellado. En todo caso, en la obra hay amores contrariados, conquistas, bailes a granel, chismes y abundancia de diálogos. Es una proeza literaria, creo, caracterizar de manera exquisita, y precisa, a cinco hermanas, además de introducir una variedad de personajes que a veces hablan de modo directo, y en ocasiones, a través de cartas. Lo epistolar en esta narración introduce no solo otra dimensión de las peripecias, sino, además, una dinámica y ritmos diferentes, que rompen con la sucesión, a veces interminable, de diálogos.

Volviendo al principio, a la promesa de las primeras palabras de la obra, la madre de Elizabeth, la protagonista, estará atenta día y noche a la consecución de marido para sus hijas, de hombres prestantes, de buen bolsillo, que puedan hacer del matrimonio un contrato interesante en lo pecuniario, no tanto en los amores. Así, entre bailes y conversaciones, nos vamos introduciendo en un mundo extraño, cuadriculado, de ciertas rigideces, en el que predominan, más que los paisajes y los viajes, las relaciones sociales y familiares.

Lo dicho: la escritora vivió en los tiempos del rey Jorge III, días llamados de la Regencia en Inglaterra, pero poco o nada del ejercicio político de ese período se advierte en la novela. Hay un aspecto muy llamativo, y es el del rol de la milicia o de los regimientos, así como el de los uniformados. Se aprecia cómo las mujeres, en especial las más jóvenes, se mueren, cuando no de amor, sí de apoteósica admiración, por los miembros de guarniciones. La milicia y las mujeres van de la mano. Veamos cómo le suena esta situación a la señora Bennet: «Recuerdo que cuando tenía su edad, yo también me volvía loca ante un uniforme, a veces me ocurre todavía».

Y sigue diciendo: «Si un elegante coronel con una renta de cinco o seis mil libras al año quisiese a alguna de nuestras hijas, no pondría ningún impedimento». Y ahí, en este tipo de comportamientos y mentalidades, va a suceder un hecho clave en el desarrollo de la novela. Igual, la protagonista, Elizabeth, que es un personaje crítico de lo social, de ciertas expresiones no solo familiares sino del conglomerado todo, va a establecer otras premisas.

O como lo dice Sergio Pitol, en su ensayo Jane Austen / Orgullo y prejuicio, Elizabeth Bennet, «con sus crinolinas, sus encajes, sus talles imperio, sus ejercicios de piano, sus tés, sus veladas deliciosas, ilustra una posibilidad de libertad e independencia». En efecto, este personaje, tan adecuadamente caracterizado, es, para el tiempo de la novela, una suerte de presencia subversiva que intranquiliza las costumbres y las imposturas.

Orgullo y prejuicio es una novela plena de sutilezas, de voces, de cuestionamientos implícitos a un orden, de ridiculización de una aristocracia que se niega a desaparecer y, en particular, una radiografía extraordinaria de lo femenino. Digamos, de lo femenino en esos momentos de la historia y de la sociedad. Es, si se observa con ojos analíticos, un cuestionamiento al rol del matrimonio, operación crematística (que no sacramento) que conlleva, en esencia, transacciones económicas. Es un contrato (no social, como el de Rousseau) en el que, más allá del amor (que en tantas situaciones históricas no ha sido más que un intercambio de bienes), por encima de otras consideraciones, se estima el monto económico, la dote, la cantidad de libras.

La novela está atravesada por el despliegue difícil del humor negro, de las ironías y la sátira. La hija menor de los Bennet, Lydia, es, pese a su notoria bobería y frivolidad, una especie de cuestionadora del matrimonio acartonado, de los preparativos y asuntos rituales de las bodas. Su escapada con el oficial George Wickham, apuesto y mentiroso, es uno de los puntos de alta tensión en la obra.

Es una novela de bodas, de promesas matrimoniales, de lo que puede costar en el ámbito económico una presunta relación sentimental. En medio de situaciones campestres, de cacerías de aves, de rituales de presentación en sociedad, la novela es una magnífica puesta en escena de lo femenino, de la condición de la mujer en tiempos de la decadencia de la aristocracia y el ascenso de la burguesía. Es, por ejemplo, un cuestionamiento a lo que significa «ser distinguido». Y dentro de este panorama, una inteligente ama de llaves, presente en la obra, podría ejemplificar lo contrario: cómo no ser distinguido.

Atraen en Orgullo y prejuicio los cánones que se establecen en torno a la mujer y la herencia, al matrimonio como negocio, no siempre lucrativo. Y, de pronto, en medio de esas relaciones de economía, de bolsillo y tesoro, podría en algún momento hacerse presente el amor. Pero este sentimiento, esta emoción, está más dada para una visión romántica, que no es exactamente con la que, en Orgullo y prejuicio, un lector se va a topar.

A propósito, la novela es, en propiedad, y por lo que en algunos apartados plantea, una reivindicación de la lectura como placer, como fuente de conocimiento, como aprovechamiento del tiempo, que se nota, por ejemplo, en personajes como el señor Bennet. Y acerca de la conexión plata-matrimonio, es interesante anotar que dos de las hermanas Bennet se quedan «solteritas y a la orden», o, como lo dirían por estos lares montañeros, para vestir santos.

En Orgullo y prejuicio, cuyo principio se desarrolla con creces en la obra, también es una posibilidad de ver cómo no solo las muchachas de entonces, y de esa parte de Inglaterra, estaban hechas para casarse, sino también para aprender a tocar el piano. Para escribir, no tanto, porque como lo dice la brincona Lydia: «una mujer casada no tiene tiempo para escribir». Muchos años después, Virginia Woolf, por ejemplo, tendrá al respecto otra visión.

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* Reinaldo Spitaletta. Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia. Es columnista de El Espectador, colaborador de El Mundo, director de la revista Huellas de Ciudad y coproductor del programa Medellín Anverso y Reverso, de Radio Bolivariana. Galardonado con premios y menciones especiales de periodismo en opinión, investigación y entrevista. En 2008, el Observatorio de Medios de la Universidad del Rosario lo declaró como «el mejor columnista crítico de Colombia». Conferencista, cronista, editor y orientador de talleres literarios. Coordinador de la Tertulia Literaria de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y el Centro de Historia de Bello. Coordinador desde 2010 de seminarios de literatura en Comfenalco-Casa Barrientos.

Ha publicado más de veinte libros, entre otros, los siguientes: Domingo, Historias para antes del fin del mundo (coautor Memo Ánjel, 1988), Reportajes a la literatura colombiana (coautor Mario Escobar Velásquez, 1991), Café del Sur (coautor Memo Ánjel, 1994), Vida puta puta vida (reportajes, coautor Mario Escobar Velásquez, 1996), El último puerto de la tía Verania (novela, 1999), Estas 33 cosas (relatos, 2008), El último día de Gardel y otras muertes (cuentos, 2010), El sol negro de papá (novela, 2011) Barrio que fuiste y serás (crónica literaria, 2011), Tierra de desterrados (gran reportaje, coautor Mary Correa, 2011), Oficios y Oficiantes (Relatos, 2013), Viajando con los clásicos (coautor Memo Ánjel, 2014), Escritores en la jarra (ensayos literarios, 2015), Las plumas de Gardel y otras tanguerías (crónicas, 2015), Historias inesperadas (crónicas, 2015), Macabros misterios y otros ensayos (ensayos, 2016), Tango sol, tango luna (crónicas, 2016), Sustantiva Palabra (ensayos literarios, 2017), Balada de un viejo adolescente (novela, 2017) y Tiovivo de tenis y bluyín (2017).

En 2012, la Universidad de Antioquia y sus Egresados, lo incluyeron en el libro «Espíritus Libres», como un representante de la libertad y de la coherencia de pensamiento y acción.

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