
Por Octavio Libreros*
Entrar a Casablanca la bella fue como atravesar un umbral invisible hacia el corazón de un hombre que ha hecho de la palabra su espada y su refugio. Allí, en Laureles, Medellín, me recibió Fernando Vallejo con la voz quebrada de los años, esa voz que parece arrastrar consigo el peso de la historia y la furia de la lengua. En su mirada había un brillo apagado, como si la vida se le hubiera vuelto un espejo roto, y sin embargo, en cada palabra que pronunciaba, se encendía la llama de un escritor que nunca se resignó al silencio.
El piano, las pinturas, la fuente en el patio y la compañía fiel de su perra componían un escenario íntimo, casi teatral, donde la soledad era el personaje principal. Desde que David Antón, su compañero de más de tres décadas, partió en 2017, la casa se convirtió en un mausoleo de recuerdos. Vallejo hablaba de él con una ternura que contrastaba con su pluma venenosa, esa que tantas veces ha desollado a la Iglesia, a la política y a la sociedad. La ausencia de David era un hueco insondable, un eco que resonaba en cada rincón de la casa, como si las paredes mismas guardaran luto.
En su relato, la muerte de David se confundía con el derrumbe de ciudades y el temblor de la tierra, como lo plasmó en Escombros. La vida real, con su crudeza, se filtraba en el arte, y el arte, a su vez, se erigía como un engaño necesario para soportar vivirla. Casablanca la bella no era solo una novela, era la transfiguración de su propio hogar en un personaje literario, un intento desesperado de fijar en palabras lo que la vida se empeña en arrebatar.
Mientras lo escuchaba, pensé en su amor por la gramática de Rufino José Cuervo, ese culto a la precisión que lo llevó a defender la lengua como quien defiende un templo. Recordé también su pasión por la poesía de José Asunción Silva y de Porfirio Barba Jacob, poetas que, como él, hicieron de la melancolía y la rebeldía un canto eterno. Vallejo parecía dialogar con ellos desde su soledad, como si en cada verso encontrara un aliado contra el absurdo de la existencia.
Medellín, esa ciudad que nunca pudo librarse de su sombra, volvía una y otra vez en sus palabras. Era un eterno retorno, un círculo vicioso de memoria y desencanto. Allí nació, allí vio crecer la violencia que retrató en La virgen de los sicarios, y allí, finalmente, eligió quedarse, como si la ciudad fuera una condena y una raíz imposible de arrancar. Laureles, con su calma aparente, era apenas un disfraz de la tormenta interior que lo acompañaba.
Yo, aspirante a escritor, lo escuchaba con reverencia y con miedo. Reverencia por la fuerza de su verbo, miedo por la certeza de que la literatura, en su caso, no era un consuelo sino una herida abierta. Admiraba su capacidad de transformar la vida en arte, de hacer de la muerte un relato, de convertir la soledad en un personaje. Y al mismo tiempo, me preguntaba si algún día tendría yo el valor de escribir con esa crudeza, con esa honestidad brutal que no perdona ni siquiera a sí mismo.
El tiempo en Casablanca la bella parecía suspendido. La fuente murmuraba un agua cansada, el piano guardaba silencio, y la perra lo miraba como si entendiera que su dueño ya no esperaba nada de la vida. Vallejo hablaba de la muerte como de un último favor, un acto de misericordia que vendrá a liberarlo de la carga de existir. En sus palabras había resignación, pero también desafío: la certeza de que, mientras viva, seguirá escribiendo contra todo y contra todos.
Al salir de la casa, me quedó la sensación de haber estado en presencia de un mito viviente, un hombre que ha hecho de su vida y de su dolor materia literaria. Y me asaltó una pregunta trágica, inevitable: cuando Fernando Vallejo se calle para siempre, ¿quién alzará de nuevo la voz con la misma fuerza, con la misma furia, con la misma verdad desnuda?
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*Octavio Libreros nació el 4 de octubre de 1990 en San Juan de Pasto, al suroeste de Colombia. Es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Nariño, Colombia; Especialista en Literatura Comparada por la Universidad de Antioquia y Magister en Educación por la Universidad Cuauhtémoc de México.
En su desarrollo profesional se ha dedicado a estudiar y analizar la vida y obra de Fiódor Dostoievski, lo que le ha permitido dar conferencias y ponencias en la embajada cultural de Rusia en Colombia: Instituto Lev Tolstoi, Centro de Estudios Clásicos y Medievales (CESCLAM) de la Universidad de Antioquia, Biblioteca Virgilio Barco de Bogotá, Feria del libro de Bogotá —FilBo 2019 y Feria del Libro de Pasto 2021—. Su primer libro publicado sobre el escritor ruso se titula «Dostoievski entre su crimen y su castigo» y es un estudio que profundiza en los elementos creativos y estructurales de la obra Crimen y Castigo. Su actual trabajo literario «Mi Dostoievski», antología de ensayos dedicados a la comparativa crítica y literaria, con elementos de psicología, filosofía y metafísica, sobre conceptos como el amor, la muerte y el parricidio en las obras del escritor ruso, fue presentado en la Universidad de la Amistad de los Pueblos Patrice Lumumba de Moscú. Dicha obra cuenta con prólogo del Doctor Gerardo de la Fuente Lora, docente de la Universidad Nacional Autónoma de México, y presentación de los doctores José de Jesús Herrera Ospina, Filósofo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Colombia; y Nelson Ramiro Reinoso Fonseca, investigador becario CONACYT de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
