
Por Lewis Morales Bravo*
Labor de Taracea del escritor colombiano Leo Castillo plantea de salida dos enigmas en dos planos narrativos diferentes: quiénes son los autores de la desaparición trágica de indigentes dentro del predio de una universidad en la ciudad de Barranquilla y, como novela metaficcional, quién es realmente ese personaje–autor que nos cuenta los hechos. Dos enigmas que atraviesan el clímax de la novela de manera alternativa, y aguijonean por igual el interés del lector.
Desde el inicio y hasta el final se propone el dilema de la autoría de la voz narrativa hasta el punto de que el lector no sabe a qué atenerse: o conviene en que Lutte Lutin no asume ser el autor para evadir la responsabilidad de ser quien investiga los asesinatos de la universidad o es León quien no lo asume por algún motivo oculto y no establecido en el relato. Debe tomar partida por una u otra versión y, desde este punto de vista, adquiere una participación activa en la narración casi a la altura de un personaje. Incluso, una de las voces que asume la autoría (¿cuál de ellas?) lo conmina como narratario invocado para que esté atento y no se deje engañar: «Confío en que el sensato lector no se deje envolver por el infame Lutin». Sin embargo, esta advertencia no es suficiente porque al fin y al cabo no se precisa cuál de los dos la emite y por tal razón la incredulidad sigue rondando. Llega el punto en que uno de ellos se retracta y reconoce ser el autor, pero de la misma manera ya se ha creado el recelo y podría tratarse de una treta para confundir aún más: «Entiendo que al paciente lector le resulta arduo creer ya a una ni otra parte. En alguien debe sin embargo descargar la responsabilidad de la autoría», manifiesta uno de ellos.
Luego, entonces, se trata de un misterio que, en vez de irse aclarando, se va volviendo más oscuro en cada pasaje; un misterio que viene desde la posible amenaza de uno de los personajes–autores para que el otro acepte la autoría de la novela, pasando por la inculpación mutua, hasta llegar a proponer la probabilidad de un tercer creador o negar todo por ser producto de la imaginación, «un prodigio del arte narrativo. Una narración sin narrador».
Inclusive, los mismos personajes se enfrentan a la incertidumbre de saber quién es el autor. Nelson Raez descree que sea Lutte Lutin quien cuenta los hechos y lo mismo ocurre con el gerente de Galerada a quien le parece «improcedente e inverosímil lo de la imposición de autoría», es decir, que Lutte Lutin haya amenazado a León para que acepte aparecer como el autor de la novela. Sin embargo, y a pesar del juego de «dónde está la pelotica», es este mismo entretejido misterioso, metaficcional, lo que representa un goce estético para el lector.
No podría ser otro el marco para semejante ardid que el de una metanarración donde sus personajes y el mismo arte narrativo son conscientes de su condición de personajes y arte al mismo tiempo. Es en este escenario autoconsciente y reflexivo desde donde emergen los personajes–autores que pretenden contarnos la historia y desde donde pueden asumir el conflicto de la mencionada autoría. Es en este escenario donde podemos ser testigos de cómo se va construyendo el tejido narrativo ante nuestros ojos como si se escribiera en tiempo real de lectura. De este modo podemos apreciar como uno de los personajes–narradores reconoce que, si lo desea, agrega «ya mismo un pie de página…» y podemos apreciar también como la narración queda abruptamente cortada al final faltándole una frase: «…la obra no está rematada. Hay una frase que queda en el aire y», así, sin punto final.
Es en este escenario donde se pueden alternar los diferentes planos narrativos como un río que se bifurca en algunos tramos y en otros se unifica: el de la obra mirándose a sí misma como objeto y el de la historia central como tal. De esta manera, confluyen los dos relatos pasando de uno a otro sin previo aviso y dando la sensación de un espejo. En ese sentido, los personajes pueden leer en el manuscrito de la obra ese momento presente para luego seguir con el plano central. Así pues, el empleo del tiempo presente resulta imprescindible, pues la narración está en continua construcción.
Y por ello mismo también, la narración amerita un estilo especial que Leo Castillo logra desechando el uso de signos de puntuación tales como la coma, dos puntos, punto y coma o signos de exclamación e interrogación, y recurriendo al empleo del mero punto. A punta de punto el autor estructura el relato y sostiene el andamiaje narrativo. Un estilo bastante arriesgado, pero que le da a la obra un ritmo intenso y delirante, en algunos parajes, y que la llevan al límite de lo poético.
El otro enigma, en el contexto de la novela negra, lo representa la desaparición forzada y asesinatos de indigentes en una reconocida universidad. En contraste con el argumento de la metaficción ya explicada, esta temática se presenta como una crónica en el ámbito de una narración factual o de no ficción. De esta manera, nos muestra hechos reales aparecidos en la prensa de la época con testimonios de personas implicadas en los sucesos y documentos oficiales de las entidades administrativa y de justicia. Así podemos evidenciar cómo convergen en la trama el conflicto subjetivo de la responsabilidad de la autoría de la obra y la historia objetiva de los crímenes. Asimismo se puede colegir también que ambos planteamientos —a pesar de poseer una modalidad discursiva diferente— requieren del armaje de diferentes fichas para poder esclarecer la verdad que subyace de fondo tal una labor de taracea como lo expresa el título de la obra.
La atmósfera en que se desarrolla el personaje-autor es un mundo sórdido donde la droga, la indigencia, el sexo brutal, el robo, la traición y la prostitución representan su acontecer principal. Es el mismo medio en que se desenvuelven las víctimas y por tal razón existe la afinidad y el interés por esclarecer los hechos. Sin embargo, por ser individuos desposeídos, pocos se han percatado de su desaparición y pocos, aunque tuvieran conocimiento de los hechos, tendrían interés en investigar. Personaje–autor y víctimas están al mismo nivel de carencia y degradación y aunque el primero no cayó en las matanzas de la universidad, va autoliquidándose y muriendo socialmente y por ende en las postrimerías del relato comenta: «Adicto pierdo mi estatus de ser humano de ciudadano en mi país. Según esto antes que enfermo soy culpable. Y mi delito pregunto. Debo pues ser reducido a mera piltrafa despejar la acera. Desaparecer».
El desconcierto surge cuando se evidencia cómo campea la impunidad ante «la impotencia absoluta de la víctima», cómo los medios de comunicación se alinean con el poder y cómo los intelectuales y la alegre farándula miran hacia un lado. Esto permite que se configure una doble victimización: despojar de la vida a unos seres humanos por intereses oscuros y mezquinos y no hacer justicia por estos mismos hechos.
En resumidas cuentas, Leo Castillo nos presenta una novela de carácter factual (objetiva) en cuyo trasfondo fulgura un relato metaficcional (subjetivo). En el primer caso asistimos a ver la crisis social de una comunidad en cuanto a los intereses personales, económicos y humanos, desde el ciudadano común hasta los grandes conglomerados estatales y privados, ante la indolencia por las muertes sistemáticas de individuos inocentes. En el segundo, asistimos a experimentar la inusual disputa entre dos personajes–autores por la autoría o no autoría de dicha obra. Ambos sucesos manejados alternativamente a lo largo de la trama le entregan al lector dos motivos para permanecer anclado a su desarrollo: uno vital y otro estético.
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*Lewis Morales Bravo es docente de español en su ciudad natal, Barranquilla (Colombia). Ha publicado un libro de relatos en 2019 titulado El otro (editorial Letra por letra).

«Labor de taracea» es una novela que merece ser leída porque contiene múltiples situaciones sociales que merecen ser atendidas a nivel humanístico, además de presentar un novedoso estilo de escritura que presenta una belleza narrativa que va del horror a la finura exquisita. Es una obra caribe colombiana digna de apreciar.