MELINA REMASTERIZADA

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melina remasterizada

Por Diego Alejandro Arias* 

¿Cómo fue que dijo Gardel? ¿Que veinte años no es nada? Melina pensaba en la canción icónica del maestro argentino mientras miraba por la ventana del avión. Se acordó de su papá, Luis Monsalve, dueño de una bodega e hijo de Lázaro Monsalve, patriarca empresarial de Cenizas, un pueblo pequeño a veinte kilómetros de Andes y Jardín. Su papá era fanático de Gardel, un fiel creyente en la iglesia sagrada de la milonga, un hombre que le rezaba primero a un afiche del cantante que a un santo que, según él, solo sabía dejar al peregrino pidiendo pan cuando lo que necesitaba era machete y ron. El Viejo Monsalve, le decían en Cenizas, era un señor rubio, zarco, de mal carácter y propenso a insultar a quien quería sin importarle estratos o nombres. Pasaba gran parte del día con el tango a todo volumen. Su tienda era reconocida en la región por vender las cervezas más frías y almacenar la colección de Gardel más extensa en Colombia. Tan fanático era su padre, que escuchaba la misma canción cada mañana: ese tango escrito por Alfredo Le Pera, grabado originalmente en la película El día que me quieras, seis meses antes de la muerte del criollo en Medellín. Seis meses antes de que ese avión maldito apagara la luz del mago argentino.

Cada vez que escuchaba Volver, Melina se acordaba del mal genio de su padre, de la rebeldía antioqueña que definía a los Monsalve, una línea genética que se podía rastrear hasta los fines del siglo XVII, cuando los primeros sevillanos llegaron a la región y fundaron una dinastía que llegaría a los mundos más altos y bajos de la sociedad colombiana. Pero El Viejo Monsalve, un hombre humilde que no quería saber nada de negocios turbios o ambiciones políticas, solo deseaba escuchar tango, comerse un buen mondongo, y tomarse una copa de guaro, que le gustaba echar en su tinto cada noche.

El hombre, como dicen en el Caribe, no era fácil.

El Viejo se hizo famoso en el suroeste antioqueño porque una vez, en una visita del presidente en 1978, Monsalve le negó la entrada a todo su equipo ejecutivo, aunque querían tomarse unas cervezas en mitad de un gran calor. 

—Busquen otro lugar para jartar, aquí estoy en descanso —dijo detrás de la puerta cerrada.
—Luis, es el presidente —respondió su esposa, Mariela.   
—A mí no me importa si es San Judas Tadeo y su combo navideño, es hora de descanso y esa puerta no me la abre nadie. ¿Escucharon?

¿Será que veinte años no es nada, o qué? Hace unas horas Melina estaba organizando una maleta en su apartamento en Manhattan y preparándose para visitar a su mamá por última vez. Pero, lamentablemente, sus hermanos, Gabriela y Rafael, decidieron cremar el cuerpo de su madre antes de que ella pudiera llegar a Medellín. No le dio el tiempo, el vuelo salía a las cinco y sus hermanos ya habían tomado la decisión sin consultar con ella. Melina trató de prevenirlo cuando se negó a usar el seguro que le había comprado a su mamá, durante diez años, con su propia plata y sin la ayuda de ellos, pero Gabriela pidió el dinero prestado en Envigado y solucionó de otra forma. Feroces, feas, y bien hijueputas eran las diosas que controlaban los hilos de la vida de Melina. Eran como tres niñas mimadas jugando con la telaraña de una viuda negra. Incluso, el propio maestro Gardel había tocado este tema, en el anthem de los perdedores, los mendigos cósmicos que se encuentran dándole pequeños golpes a piedras de concreto en el camino largo de la vida, a los que regresan al viejo mundo sin mucho que mostrar, sin mucho que decir, espantos del pasado, jorobados y cicatrizados, visiones quiméricas acompañadas por las tiernas lágrimas de un bandoneón rioplatense, llorando, llorando, siempre, siempre llorando.

—¡Muchos hijueputas! —dijo Alexander, su hijo menor—. Los voy a matar, ¡esos cabrones!, cómo hacen eso, cómo se atreven a incinerar el cadáver de mi abuela sin darte la oportunidad de despedirte. ¿Cómo tener tan poca alma? Tan poco corazón para hacer tremenda fucking mierda.

Alexander, el abogado, no podía viajar a Colombia porque estaba asignado a una misión diplomática en China. Su hijo, orgullosamente colombiano y oficial de carrera para el Departamento de Estado en Washington, D.C., no podía usar su pasaporte andino, y como consecuencia de leyes migratorias nacionales, no le era permitido entrar con documentación estadounidense al país que lo vio nacer en 1984. Él también perdió el derecho de ver a su abuela una última vez. Su hija mayor, Julia, se resignó a no viajar a Colombia para evitar las tensiones familiares que ya habían causado tanto daño a la familia Monsalve. 

—No quiero recordar el entierro de mi abuelita con tanto buitre suelto —dijo ella.

Melina abandonó Medellín en 1987 con su esposo Jaime. Eran jóvenes, tenían dos hijos, y Jaime era un sindicalista que tenía agentes del DAS siguiéndolo diariamente por una supuesta amistad que tenía con unos intelectuales en la Universidad de Antioquia. Jaime lo único que sabía de revoluciones e ideologías izquierdistas era meter su mano en una caja llena de abejas para pedir una pensión de varias semanas y quedarse en la casa viendo fútbol y tomando con sus tales panas en Itagüí. Ya divorciados, Melina no sabía mucho de Jaime. Escuchó por ahí que tenía una pareja en El Poblado y que se la daba de multimillonario en Estados Unidos. «Don Take it Easy», le decía su hijo.

—Oiga, la llamó Don Take it Easy, dice que no puede ir al cumpleaños de Julia porque solo se está ganando cincuenta dólares al día —dijo Alexander una vez cuando Melina quería que Jaime colaborara con las preparaciones en Queens—. Usted sabe cómo es Don Take it Easy, siempre ready para ayudar, pero es que las cosas están difíciles después de Bush y, como le gusta decir, este Obama no quiere a los latinos.

Cuando Melina llegó al aeropuerto pasó por inmigración y la fila de ciudadanos solo tenía tres personas esperando por un agente de aduanas que parecía más aburrido que un filósofo nietzscheano en una cumbre empresarial patrocinada por la Cámara de Comercio de Aburrá Sur.

—Pasaporte, por favor —dijo el hombre.
Melina se lo pasó y el joven policía lo revisó atentamente. Lo manoseó varias veces y pasó las páginas entre sus dedos.
—¿Usted es colombiana? 
—Claro, ese es mi pasaporte.
—No parece usted de aquí.
—¿Perdón?
—Usted parece extranjera. ¿Dónde nació?
—En Cenizas. ¿Cómo que parezco extranjera? ¿De dónde soy, pues? —El agente la miró con ojos penetrantes, sospechosos—. Vea, señor, yo vivía en Cenizas antes de que usted conociera qué era una arepa. Si tiene alguna duda sobre la identidad es mejor que me informe desde ahora porque vengo al velorio de mi mamá y no tengo mucho tiempo. 

Le entregó el pasaporte a Melina y le abrió el paso, señalando hacia las puertas abiertas donde esperaban colombianos por sus seres queridos regresando de Nueva York. Nadie esperaba a Melina. Después de dos décadas en el exterior ya no había personas interesadas en recibir a la que una vez era rodeada de amigos por varios municipios, donde las fiestas sobraban y un fin de semana parecía nunca tener fin. Ahora solo se encontraba con una sala de espera llena de caras anónimas y sonrisas ajenas que tenían como propósito hacer feliz a un primo, un hermano o una hija que conservaban raíces en su tierra natal suficientemente fuertes para hacerlos regresar. Pero eso, eso no lo tenía Melina.

Tomó un taxi hacia Sabaneta y llegó a un hotel localizado cerca del parque municipal. Durante esa época, en julio, se celebraba la Fiesta del plátano, y, después de dejar sus maletas en el cuarto 315, se llevó el iPhone, que ya no tenía señal en Colombia, y escuchó unas canciones de Spotify archivadas en su cuenta. Susurrando Cuesta abajo, caminó hacia el parque y observó a la gente. La ciudad era diferente, casi no reconocía las mismas calles que un día recorrió con Jaime cuando eran adolescentes y había más tierra que cemento, cuando existía poco que la sorprendiera. Ahora veía mucho estadounidense, mucho alemán, muchas personas que se vestían más como su hijo en Washington y menos como los colombianos que ella conocía en su juventud. Caminando por los pequeños negocios, comprando guarapo y midiéndose unos sombreros risaraldenses, Melina no podía evitar sentir en su panza un golpe de nostalgia que la dejaba sin aire, sin aliento. Y en sus audífonos escuchaba esa letra tan familiar y a la misma vez distante como la calle que la arrodeaba.

Ay Gardel, Gardel, así no se puede, pensó Melina. Esta tierra que tanto conocía, que tanto anhelaba desde el frío y la crueldad, parece ahora haber olvidado una hija, abandonado otra paisa que dejó atrás natilla navideña, sancocho de la abuela, chunchurria montañera por unas hamburguesas bañadas en grasa, sal, y salsa de tomate recién comprada en un Walmart, de esos donde andan gringos comprando televisores de setenta y dos pulgadas por solo doscientos dólares.

La misa de su mamá era en una hora y ella no quería ver a sus hermanos. Se imaginaba que ellos tampoco la querían ver, pero se acercaba el momento de enfrentar la situación. Melina siempre fue la que apoyó económicamente a su madre. Gabriela nunca puso un peso para pagar por comida, gastos médicos, o aquellas necesidades que suelen incrementar con la vejez. Porque no ayudaba, Melina solo podía especular, pero ya se imaginaba que su cuñado, Pedro, un hombre ignorante, sin ambición y con la personalidad de un gallinazo, le negaba a su hermana el derecho de ayudar a su mamá. Melina podía empatizar con su hermana, una mujer que era más esclava de un Neanderthal y menos la esposa de un buen hombre, pero no podía perdonar la mentalidad de una persona que decide vivir como un rehén cuando la libertad, particularmente en Estados Unidos, donde también vivían, era tan fácil como irse de la casa y buscar un trabajo en una factoría, en una tienda o en un McDonald’s. Pero Gabriela nunca fue una mujer rebelde o independiente. Esa terquedad antioqueña solo la heredó Melina, pues sus hermanos nunca fueron muy dispuestos a pelear por sacarse de problemas que ellos mismos habían causado. Rafael y Gabriela solo sabían culpar a dioses ficticios por sus malas fortunas. Rafael era uno que vivía solo de sus ojos verdes y su tez blanca, quejándose por un trabajo que perdió en los ochenta, que se lo consiguió un tío cuando ni calificaciones tenía Rafael para trabajar en la Alcaldía de Medellín. Como lo pintaba su hermano el trabajo lo perdió por razones de una rosca política que llegó cuando hubo una nueva administración y el alcalde quiso poner a su gente. En realidad, a Rafael lo sacaron de la oficina municipal de hacienda e impuestos porque no tenía un grado universitario y cometía tantos errores que sus supervisores estaban hartos de perder tiempo corrigiéndole el mal trabajo que entregaba cada semana.

—¿Le gusta la pulsera? —dijo un hombre que tenía un puesto artesanal en el parque de Sabaneta.
—Está linda.
—Son hechas a mano. También tenemos cadenas, anillos, incluso tengo de oro y plata. A usted le quedaría bien esta cadena, tiene usted mucha elegancia, si me permite ser tan atrevido.
—¿Yo, elegancia? Eso no lo escucho hace mucho tiempo. Vamos a ver la cadena. ¿A cuál se refiere?

El hombre buscó entre varias joyas y le mostró una cadena de oro delgada con piedras turquesas. Se la pasó a Melina y ella la miró, analizando el detalle de cada piedra. Las curvas naturales de cada pieza parecían formadas por siglos de agua y presión de capas de rocas, dejando un diseño único, moldeado bajó las condiciones más violentas que impone nuestra tierra.

—¿En cuánto me la deja, señor?
—No hay necesidad para tanta formalidad. Yo no soy un señor, me llamo Enrique. Y se la dejo en 85.000
—Bueno, Enrique, me gusta el negocio. —Empezó a buscar el dinero en su mochila y después se lo pasó. Le entregó treinta dólares.
—¿De dónde eres?
—De aquí. Me llamo Melina.
—Bueno Melina, un placer. Aquí estaré toda la semana por si le gusta otra cosita, un anillito, o algo para un familiar suyo.

Sonrió y se despidieron. Melina regresó al hotel y empezó a prepararse para asistir a la misa de su madre, en la que quién sabe cómo la iban a recibir. Sus hermanos, se imaginaba Melina, ya habían hecho el trabajo de envenenar al resto de su familia y echárselos en su contra. Por alguna razón llegaron temprano y ella sabía que no solo era para negarle la última imagen de Mariela Alzate.

En la iglesia, Melina escuchó a su tío, un monseñor que acababa de finalizar un periodo como obispo de Santa Fe de Antioquia, predicar un sermón dedicado a su hermana mayor.

Estas cosas de familia son complicadas, y más cuando se habla de muertos e iglesias. Melina pensó en una frase del escritor chileno Roberto Bolaño: «Lo brutal siempre es la muerte». ¿Pero será que lo brutal es la muerte o la sombra de la muerte? Lo que dejas cuando te vas de nuestra tierra es solo un pobre reflejo de quien realmente fuiste, y su mamá, pensó Melina, dejó tres hijos que no se querían, que capaz se habían dejado llenar de envidia, rencor y malas decisiones. Lo brutal siempre no es la muerte, pensó ella, lo brutal siempre serán los residuos de la muerte: espejos rotos, herencias disputadas y descendientes que piensan más en ganarle algo a su propia familia que en celebrar la belleza de setenta y cinco años de un ser único, uno que no se puede reemplazar. Lo que dejas cuando te mueres, esa sombra, es más parecido a las imágenes quemadas en la pared que dejas atrás cuando estalla una bomba atómica, es tu cuerpo duplicado, pero en una forma distorsionada, quemada en el tiempo para todos ver y analizar, pero nunca poder entender.

Melina cerró sus ojos y pensó en aquellos momentos de su niñez que aún tenían un espacio en su corazón y cerebro, donde las memorias más íntimas de su ser se guardaban con códigos de seguridad y protección estatal del más alto calibre. Se acordó de su mamá haciendo empanadas para los soldados que pasaban por su casa y querían algo para comer. Mariela siempre estaba disponible para hacer un desayuno, un almuerzo, o el algo antioqueño que consistía en mucha parva y una buena taza de café con leche. Melina sabía que sus hermanos estaban sentados detrás de ella, cuatro ojos fijos, pendientes, esperando cualquier razón para saltar como arpías listas para desgarrar extremidades como monstruos atacando árboles en algún lugar de los círculos del infierno nebuloso de Dante. Pero no existía en Melina suficiente odio para enfrentarlos, y era mejor dejarlos ahí, quietos, como muñecos de paja que ya no te llaman a jugar, que se han dejado en el olvido, que ya solo son una memoria más, pero una de esas que no se guarda en el cuarto de nostalgias top secret, y mejor se dejan en todo el frente del cráneo interior como chicle barato en una oficina médica que nadie se quiere comer, pero lo consumen de vez en cuando, porque no hay mucho más que hacer. Si las mañanas con olor a empanadas y el perfume de su madre eran los secretos de la DIJIN, entonces los rostros de sus hermanos eran los chismes sabatinos de cualquier periódico chichipato de esos que se encuentran en el supermercado cuando esperas en fila, aburrida y buscando la primera bobada que te entretenga pero que no requiere mucho espacio en tu memoria de corto plazo.

Aun con los ojos cerrados se imaginó a su mamá preparando empanadas para los soldados que pasaban por las montañas buscando almuerzo en la bodega del Viejo Monsalve. En su niñez, allí llegaban muchos jóvenes uniformados, escuchando a Gardel, Roberto Goyeneche, Julio Sosa, y muchos otros poetas caballeros que endulzaban el ritmo oscuro de la guerra en un mundo hecho para dividir, hecho para filtrar odio y pobreza. Mariela hacía todo lo posible para darle vida a su hogar, crear sonrisas donde otros solo conocían hierro y plomo y sangre y humo. En la masa de su mamá, en esas empanadas tan deliciosas, existía una magia que se mezclaba con música criolla y daba luz a algo especial, algo que solo podía existir en este nuevo mundo tan mestizo como la propia sangre que corría en las venas de Melina Alejandra Monsalve Alzate.

Cuando terminó su tío, Melina caminó hacia él y le dio las gracias por organizar todo en nombre de Mariela.

—Por mi hermana cualquiera cosa, Melina, es muy lindo verla por acá. Hace mucho no la veíamos. Por favor no dude en comunicarse conmigo si necesita cualquier cosa.
—Muchas gracias, Albeiro. Lo tendré en mente.
Melina habló con varios familiares, les dio gracias, contaron algunas historias de su madre y después se tomaron fotos en el parque, al frente de la iglesia. Eso sí no había cambiado, pensó ella, ese calor humano de ciertos familiares que aun la querían mucho y veían en ella esa delicada elegancia que siempre tuvo su mamá.
—Perdón, usted es la hija de Mariela, ¿la mayor?
Una señora de cabello largo y muy canoso, con un chal de esos que poco a poco estaban desapareciendo de la sociedad, le hablaba. Melina intentó reconocerla, pero dudaba de su memoria.
—Si, soy yo. Melina.
—Si, hija. Me perdona la imprudencia. Quería decirle a usted que Cenizas la extraña, y que siempre está bienvenida al pueblo. Usted no ha cambiado mucho. No sé si se acuerda de mí, ya han pasado muchos años, lo sé, pero era muy buena amiga de su mamá. Yo la cuidé a usted cuando era niña, ¿se acuerda de mí?
—Claro que sí, Doña Gloria. Ha pasado mucho tiempo, como unos treinta años desde que la ví. ¡Usted está muy bien, se ve espectacular!
—Gracias, Melinita. Le quería decir, antes de que se me fuera, que tengo un recuerdo suyo aquí en Medellín. Unos discos de tango que dejó su papá hace muchos años, cuando se vendió la casa en Cenizas. El me los dejó y me dijo que usted y solo usted los debería recibir cuando regresará a Itagüí. Esta sigue siendo su tierra, hija.
—Claro que sí, qué linda sorpresa. Si quiere yo puedo pasar por ellos. ¿Usted todavía tiene la misma casa en San Pio?
—Sí, Melina. Pero necesita un carro, son muchos, muchos discos. No quiero regresar al campo sin que usted se los lleve. El Viejo era muy fanático del mago, ¿no? Usted sabe que su papa tenía más discos que una espalda, y no hay nada peor que ver semejante colección de música perderse en el polvo y el rincón de la casa de una pobre vieja.

Doña Gloria compartió su teléfono. Melina quedó en pasar por su casa, que obviamente iba a incluir un almuerzo, dos tazas de tinto y mucha conversación sobre Cenizas y las últimas décadas de sus vidas. Y ahora, que se había terminado el velorio y ella pudo hablar con su familia y los hermanos de su madre, se sintió algo tranquilizada por como la habían recibido, por como ella había regresado a Colombia, una inmigrante colombiana que ahora se sentía no solo triste por los años perdidos lejos de su patria, pero también pensó mucho en cómo le hubiera gustado que sus hijos estuvieran allí, en el núcleo de la familia Alzate.

Melina regreso al siguiente día al parque de Sabaneta, buscando a Enrique y su chuzo de argollas y artesanías. Pasó media hora buscando el local y finalmente lo encontró en un nuevo puesto que estaba rodeado de jugos de papaya y una señora que le vendía unos arequipes a tres hombres europeos.

—¿Hola, Enrique, cómo estás?
—Muy bien, muy bien. ¿Y esa sorpresa verla por acá? Yo ya me la imaginaba en un avión muy lejos de este platanal.
—No, nada que ver. Mira que necesito ayuda con algo y me llegaste a la mente. Quería pedirle un favorcito, si no es mucha molestia, pues.
—Nunca es una molestia. ¿Cuénteme que es lo que necesita?
—¿Tienes un carro?
—Si, claro. No es así como de último modelo, pero es una camioneta buena, grande. ¿Está buscando carro para comprar? ¿O quieres un guía que te lleve a Guatapé? —se rio, mostrando una dentadura blanca, hermosa—. Usted sabe señorita que es por molestar. No se me ofenda.
—No, nada, claro que no. Le pregunto porque necesito alguien que me ayude con unos discos. Unos tangos de mi papá. Los quiero enviar a mi hijo en Estados Unidos, por avión.
—¡No me diga que le gusta Gardel! Si algo me encanta en esta vida es trabajar mientras escucho un tango y me tomo un buen trago.
—A ver, una pregunta Enrique, ¿conoce usted la canción esa de Gardel, Volver?
—Sí, quien le gusta el tango y no conoce la letra pues finge interés. Pero mi canción favorita es Rubias de New York.
—Interesante. A ver si me puede ayudar con una pregunta. Una que, después de mucho tiempo, no sé si de verdad la llegue a entender.
—A ver, pues.
—¿Qué son veinte años para vos?

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* Diego Alejandro Arias vive en Nueva Jersey desde 1990. Nació en Itagüí, Colombia en 1984. Tiene una licenciatura en Literatura Inglesa e Italiana de la Universidad de Rutgers, donde realizó una doble especialización y se graduó en 2006. Trabajó en análisis político e investigación antipobreza antes de graduarse con un doctorado en derecho de la Universidad de Rutgers en 2012. Desde 2015 fue diplomático de los Estados Unidos para el Departamento de Estado, donde trabajó para la Casa Blanca, el Congreso y numerosos gobiernos extranjeros, incluidos China, República Dominicana y Costa Rica. Habla inglés, español, mandarín e italiano.

Ha sido publicado en los Estados Unidos y el Reino Unido. Es autor de un libro de memorias sobre su vida como inmigrante colombiano, abogado y diplomático. En 2023 regresó a Nueva Jersey como abogado de derechos civiles y escritor.

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