
Por Salvatore Laudicina*
En Buenaventura, los ruidos tienen voz propia. Son como niños parlanchines que te revientan los tímpanos y te calan los huesos.
El de los mozuelos jinetes del apocalipsis de la rebeldía y el conformismo, montados en sus motos, semejantes a bestias rugientes y hambrientas, corriendo a toda velocidad por las defectuosas calles del centro, posee el mismo efecto de un tiro de gracia: letal, directo a la frente, sin ningún chance de escapatoria.
La rabia y la impotencia te recorren el cuerpo a medida que ese sonido infernal aumenta gradualmente. A lo lejos, puedes ver como ese ruido te saca la lengua y se burla de ti con el cinismo emblemático de Joaquín Phoenix en Joker. En últimas, sabe que esta es una ciudad donde cada quien hace lo que se le antoja y que a esos muchachos nadie les pondrá un freno.
Peor aún, es una ciudad secuestrada por el miedo. Nadie quiere arriesgarse a desafiar a esos imberbes porque podrían formar parte de una banda delincuencial y cobrarse la osadía.
Ese ruido, apacible como una oveja y feroz como un lobo, lo sabe y se regocija con ello. Sabe de sobra que es un símbolo de poder. El poder de una juventud sumergida en un mar de esperanzas muertas e ideales de supremacía donde el que más rápido ande y el que más incomode con el rugir de su bestia de dos ruedas, es el que manda.
Unos pasos más adelante, te estrellas de frente con otro ruido ensordecedor: el de las basuras regadas en plena calle. A diferencia del primero, es un ruido que ensordece el olfato. El hedor solloza a mares, cansado de vagar por las aceras, suplicando a gritos estar lejos de una urbe donde la felicidad es paliativa y el destino es aciago.
A veces concluyo que el llanto de la hediondez procedente del mar de bolsas plásticas donde naufragan los restos de comida, la materia fecal tatuada en el papel higiénico y cientos de cosas usadas, aún útiles, pero que estorban por su antigüedad; no es más que la voz de nuestras conciencias difuntas y putrefactas.
En la actualidad, Buenaventura está llena mayoritariamente de muertos en vida. Somos Nosferatus sedientos de enajenación. Cuerpos que presencian sin el menor asomo de dolor la ruina de un terruño que ha sido epicentro de luchas valiosas e historias de vida honestas e inspiradoras. De ahí, el sollozo incontenible de esa hediondez cuyo único pecado ha sido el pertenecerle a gente tan mezquina y fatua.
Evito generalizar, porque aún queda un puñado de nativos que está luchando por cambiar el curso de la historia.
Pero somos más los depredadores y los inertes.
No pienso mentirme para escribir estas líneas con ese tufo característico de la esperanza cliché.
Así quisiera hacerlo, el ruido fétido no me dejaría. Sería como burlarme de su tragedia como habitante de calle, víctima de una sociedad capaz de ensuciar la fachada del Centro Cultural del Banco de la República con descaro voraz, cantando boleros de Tito Rodríguez para sobrevivir a la debacle y aferrarse a los días gratos.
Al caer la tarde, cuando caminas por la Catedral San Buenaventura, hay otro ruido esperándote con desespero: el ruido de la oscuridad.
Tiene una voz chillona, la mirada triste y tartamudea de vez en cuando. Para hacerse la estancia más llevadera, recita poemas de Lorena Torres Herrera y suelta su peculiar risa socarrona.
Lleva ahí varios meses, desde que el alumbrado público dejó de funcionar en esa zona específica del Bulevar del centro de Buenaventura y ni la Alcaldía ni el Concejo distritales, ni mucho menos algunos de nosotros, han hecho algo al respecto.
Nos doblegamos ante la voluntad de un conformismo patológico.
No hay rabia ni indignación.
Ese pueblo que se hizo una voz durante el paro cívico de 2017 y fue capaz de salir a las calles para exigirle al gobierno nacional que le prestara atención al Pacífico colombiano y saldara su deuda con una región históricamente olvidada, se diluyó en la indiferencia.
Finalmente, llego a mi destino: la panadería. En las miradas de quienes esperan su turno para ser atendidos, el último ruido. El más ávido de todos: el ruido del individualismo.
No soporto su perfume. Huele a la fatiga de quienes están alrededor pidiendo una limosna o mendigando algo de comer. Se alimenta de ella para mantenerse vivo.

Silente, me intimida con sus ojos de buitre. Trato de evadir su mirada, pero me es imposible. Ella azota el recuerdo más bello de mi infancia: la solidaridad de un pueblo que apoyó a comienzos de los noventa la construcción del Barco–Hospital La Esperanza, idea visionaria del difunto médico Emiro González Paz.
Hoy somos una marea de extraños que simulan quererse para actuar la farsa de una cotidianidad pusilánime y patética.
Nos convertimos en un producto de la frialdad de los tiempos modernos. Y eso hace más que justa esta prosopopeya de ruidos para castigarme y castigar a quienes anhelamos en lo más recóndito que todo se venga abajo para sumergirnos en nuestras preocupaciones y las pantallas de nuestros teléfonos celulares, otorgándoles nuestra aquiescencia a los políticos de turno para que se roben el erario público, condenando a nuestros niños y adolescentes a una educación mediocre, y desperdiciando la vida que nos queda.
Mi consuelo es que, tarde o temprano, estos ruidos vivos cobrarán venganza por el daño que hemos hecho y seguimos haciendo.
Venga lo que venga, no opondré resistencia.
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*Salvatore Laudicina, nacido en Buenaventura (Valle del Cauca), es Comunicador Social y Periodista por la Universidad Autónoma de Occidente de Cali. Desde la niñez se vincula a la escritura creativa y consolida su formación literaria durante su etapa escolar y universitaria, donde obtiene premios y menciones en concursos de literatura. Su cuento «La cabeza de Aristóteles (Después de leer y releer La mancha indeleble de Juan Bosch)» fue incluido en la Antología 2014 del taller RELATA del Ministerio de Cultura.
En 2016 publica «Las Muchachas Se Fueron». De Migraciones y Sentires, un libro de investigación literaria sobre la poesía de Mary Grueso Romero, que ha sido citado en ensayos universitarios de España y Brasil. Ese mismo año participa en «El país en una gota de agua», publicación de la Universidad Javeriana y el Banco de la República, y en 2021 integra el equipo editorial y de autores de la antología «Vení, Te Leo» de la Corporación Manos Visibles. Ha colaborado con medios impresos y digitales de varios países y actualmente se desempeña como coordinador editorial de la revista Eventos Magazine en Miami.
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