
Por Deivis Cortés*
1.
Cuando empecé a desenamorarme del DVD, cuando el reproductor empezó a traicionarme mediante pausados sorpresivos, averías y lectura negligente de ciertos discos, no me quedaba más remedio que volver al zapping. No siempre estaba dispuesto a ver películas con la concentración y el rigor del monje budista que es el primer cinéfilo. En esa cinefilia madura y mañosa había momentos en que simplemente quería ver películas para no verlas, así como el melómano resabiado a veces escucha música que quiere ignorar, música genérica que funge como colchón sonoro para cubrir el silencio. A veces precisaba ver para no ver, ver para ignorar, ver algo de segunda categoría que me librara de sentirme culpable en caso de quedarme dormido, ver algo desechable para no sentir la responsabilidad de terminarlo, recordarlo y evaluarlo. Y para cubrir esa necesidad específica no había nada mejor que el zapping. Ignoraba los cajones rebosantes de DVDs, ignoraba los discos duros llenos de películas descargadas, ignoraba la responsabilidad de elegir teniendo en cuenta factores determinantes (visionados anteriores, revisiones pendientes, filmografías incompletas) y me entregaba de lleno al azar relajante y desobligante de cambiar canales, como en los viejos tiempos, como en la época previa a las pretensiones.
Y ese zapping con el que empecé a consumir material audiovisual en la niñez, el zapping del que me emancipé gracias a la grabación videográfica, volvía a mí ya no en forma de tirano sino en forma de agente liberador, como el tío alcahueta que protege mientras autoriza a ser irresponsable. Del zapping te vas y al zapping volverás. Tenía que leer y escribir, tenía que ver otras películas y series, tenía asignaciones laborales pendientes, pero no quería hacer nada de eso, no estaba de ánimo y necesitaba quemar tiempo hasta sentirme mejor. Aunque generalmente el zapping es ruido, rumor, distracción y caos, en mi experiencia el zapping solía adquirir una conciencia propia y generosa reflejada en cuantiosos regalos, como si quisiera agradecerme por prestarle atención después de tantos años de olvido, tener un detalle conmigo por desconectarme de las redes sociales, por dejar de lado los DVDs y dedicarme a contemplar su discurrir.
El zapping me ofrendaba sorpresas agradables en forma de películas que yo había descartado cuando las había visto en cine. Gracias al zapping y a su capacidad de recontextualizar, gracias a su talento para propiciar reencuentros espontáneos, ciertos títulos descartados eran vistos con nuevos ojos, con ojos relajados y menos prejuiciosos aunque también con ojos cansados que hacían equilibrismo entre la vigilia y el sueño. Y allí, en esa zona liminar, mi mente era capaz de aceptar que la película no estaba tan mal, que tenía una que otra buena escena, no era perfecta, pero tenía un par de diálogos ingeniosos, determinado movimiento o uso del desenfoque era rescatable, tal decisión de puesta en escena valía la pena. El zapping me permitía pescar fragmentos valiosos y, a veces, era tan dadivoso que me entregaba secuencias enteras brillantes, escenas completas impresionantes y hasta películas totales que me forzaban a cuestionar mi criterio ¿Cómo descarté esta película tan pronto? ¿Qué tan ciego o distraído estuve la primera vez que vi esto? ¿Qué tan generoso tiene que ser el zapping para haberme ayudado a rescatar estas imágenes del abismo de mi propio prejuicio?
En muchos casos, ese prejuicio era en realidad un postjuicio: había visto la película en cine y no me había gustado pese a tener presentes varios elementos que teóricamente garantizaban su calidad. El director era relevante, el guionista era talentoso y el actor principal había figurado en varios clásicos de renombre. Así me sucedió con Sorkin y Fassbender en Steve Jobs. Compré las entradas con entusiasmo y le dije a mi acompañante que con ese guionista, con ese director y con ese actor no había pierde, que la película seguro sería entretenida y poderosa, que nos dejaría pensando durante varios días y que la experiencia seguiría creciendo dentro de nosotros por semanas enteras. Eché el repertorio hiperbólico que usamos todos los recomendadores. Incluso asumí que tendría lugar una conversación deliciosa al salir de la película rumbo a la heladería, una conversación que serviría de entrenamiento para diálogos sesudos posteriores que sostendría con amigos cinéfilos, interlocutores ante quienes podría presumir de haber visto semejante joya primero y en cine, «como debe ser». Error. La película me defraudó y, por extensión, yo terminé defraudando a mi acompañante. La charla sabrosa no ocurrió y en su lugar se instaló un silencio incómodo que ambientó toda la caminata de regreso a casa, porque la incomodidad de la situación descartó cualquier posibilidad de helado charlatán post visionado. Tanto mi mamá como mi novia de entonces, cada una desde su propio manejo del silencio, codificó el mismo mensaje: «¿Para esto estudió cine? ¿Para esto escribe crítica? ¿Para recomendarme tremenda cochinada? La próxima vez yo escojo y usted paga».
Cuando una película que había visto en cine me gustaba, esperaba a que estuviera disponible en DVD, le hacía cacería, se la encargaba a Orishas y a la Mona y, cuando salía la versión screening, la compraba a sabiendas de su mala calidad. También la buscaba en internet esperando copias alternativas, como esas que les daban a los académicos inundadas con marcas de agua y amenazas del FBI. Aunque sabía que era muy pronto para encontrar la película editada con todas las de la ley en Full DVD, me engañaba imaginando escenarios imposibles que justificaran una edición prematura: filtraciones, hackeos y hasta agentes dobles que trabajaban para el estudio y para la piratería al mismo tiempo. Nada de esto pasaba. Me tocaba esperar los meses reglamentarios y cuando finalmente se cumplía el plazo, la satisfacción de ver esa película en casa no tenía precio: el goce de disfrutar plenamente de esa primera vez en el entorno doméstico, de esa «primera segunda vez» y evaluar si realmente la película valía la pena y conservaba su poderío o si era de esas películas que solo funcionan en la condición privilegiada del teatro. Y mis cajones, que estaban llenos de películas clásicas y contemporáneas, tenían también reservado un espacio para estas películas que había visto en cine, había adquirido luego en DVD y que, tras verlas, me seguían gustando lo suficiente para vivir otro día.
Pero había películas que me disgustaban tanto o que me habían generado tal decepción que no justificaba el más mínimo esfuerzo por conseguirlas luego en DVD. Dejaba que pasaran sin pena ni gloria por los anaqueles de novedades y por los arrumes de discos quemados que desfilaban en los mercados piratas. El vendedor me ofrecía la película anunciando que «ya está disponible», que «por fin está a la venta», que «ya había salido del horno» esa joya que meses atrás conquistó las salas y deslumbró a los críticos. Yo me hacía el que no escuchaba, aunque, si el vendedor insistía mucho y me agarraba de mal humor, contestaba con un seco «sí, yo la vi en cine y no es para tanto» que espantaba a otros clientes potenciales quienes, al escucharme, soltaban la película con disimulo o la sacaban de la docena que ya habían seleccionado. Yo decía eso, pero la verdad era que no sabía de lo que estaba hablando. Decir que había visto la película en cine no implicaba que la hubiera visto del todo. La había visto en el contexto que las distribuidoras querían que se viese, pero no la había visto en el contexto adecuado para mí y, en términos cinéfilos, el contexto lo es todo.
2.
Noises off de Peter Bogdanovich, por ejemplo, llegó a mí gracias a un zapping distraído hecho en la casa de Andrés Losada, una mañana después de haber trasnochado jugando póker. Siempre que jugábamos me quedaba a dormir en su cuarto, en un colchón tirado en el piso junto a la cama del propio Losada. Como mi amigo no era muy madrugador, solía esperar su despertar canaleando. Así llegué a esta película de Bogdanovich que ya había arrancado para cuando, después de un par de vueltas a la pista catódica, aterricé en Cinemax. Allí estaban Michael Caine y Cristopher Reeve actuando en una screewball comedy noventera que recreaba las entrañas del teatro. ¿Una comedia metaficcional con la velocidad de His Girl Friday? Me enganché de una con el ritmo frenético de los diálogos y con una dirección impecable que recordaba la velocidad del mejor Howard Hawks en un producto estrenado treinta años después de su muerte. Horas más tarde, ya en mi casa, googleé usando las palabras clave «Reeve + Caine + teatro» y apareció el título Noises Off y luego el apellido inevitable: Bogdanovich. Claro. Tenía que ser él, el único cineasta capaz de ser más hawksiano que el mismo Howard Hawks.
Descargué la película vía torrents y alardeé de haberla descubierto por mi cuenta, pero el hallazgo se lo debo, sin duda, al zapping generoso que me donó una película maravillosa que repito cada tanto y que usé varios años en clases para discutir sobre la dirección de actores. El zapping también me ayudó a desmentir un prejuicio que la historiografía cinematográfica da por sentado: afirmar que Bogdanovich no hizo nada decente después de los 80. Ahí estaban esos noventa minutos de comedia pura para desmentir a esos académicos acartonados que seguramente no hacían zapping porque consideraban que la televisión era esa caja tonta incapaz de nada más que balbuceos. Ahí estaban para desmentirlos esos noventa minutos de «puro cine» pescados desde el torrente catódico usando la caña y la canoa de mi amigo dormilón.
A veces también descubría películas canaleando en hoteles. Hacía alguna gira académica o artística y durante la estancia en el hotel solía canalear mientras llegaba la hora del evento o convocaban al desayuno. Por culpa de Martín de Francisco y de Santiago Moure adquirí una adicción morbosa a los canales regionales. Chismosear la parrilla televisiva de cada provincia se me antojaba más obligatorio que degustar los platos típicos del lugar. Probar los acentos «neutros» de cada locutor local, experimentar la puesta en escena de los noticieros provincianos y, si estaba de suerte, degustar alguna pieza de ficción realizada al margen del centro. También me gustaba ver Teleamiga, Cristovisión y los demás canales de televisión cristiana. Disfrutaba entablando diálogos imaginarios con esos pastores entusiastas y beligerantes que vendían migajas de felicidad póstuma a cambio de devoción terrenal absoluta. Es una práctica que todavía ejecuto, aunque cada vez menos porque ahora los televisores de hoteles y de Airbnb vienen equipados con Netflix. Pero en las ciudades intermedias y en los pueblos recónditos todavía hay hoteles de tres y cuatro estrellas donde el wifi funciona a medias, el agua no es potable y la televisión por cable sigue siendo la fuente de entretenimiento por excelencia. Muchas veces dejé de lavarme los dientes y me salté varios duchazos por entregarme al placer del zapping. Llegué a varios eventos con retraso y tuve que inventar excusas rebuscadas para no confesar la cruda verdad: «Me quedé canaleando en el hotel porque es un vicio que tengo desde niño y no me siento nada culpable. De hecho, alguien debería prender ese televisor y pasarme el control». Y muchas veces, entre la búsqueda del canal cristiano y el hallazgo del canal regional, visitaba la orilla de canales peliculeros tipo TNT, Cinemax, Golden o The Film Zone y aunque en muchos casos estaban en franja publicitaria, en no pocas ocasiones lograba pescar alguna película en pleno segundo acto. Solía tratarse de una película genérica y corriente, nada memorable, nada que ameritara bajar la velocidad y desviar la ruta; pero en contadas ocasiones me veía obligado a detenerme porque estaba teniendo lugar una escena potente, había algún diálogo poderoso y ese actor mediocre que oficiaba como figurante mudo en producciones de más pedigrí, acá se despachaba un monólogo conmovedor que me mantenía anclado y me obligaba a parquear la mirada ignorando ese regreso de Cristo que me esperaba al final del camino.
Entendí que esa es la mejor recomendación posible. Mejor que los amigos, que los catálogos, que los libros, que los profesores y los expertos. Nada de eso. La película presentándose a sí misma, atravesando toda una serie de obstáculos para llegar a mí, atravesando el azar, la arbitrariedad de la programación, atravesando la entropía, los designios de programadores, editores y directivos, atravesando el capricho circunstancial que me había ubicado en ese pueblo y en ese hotel o en la casa de ese amigo en ese día y a esa hora concreta. Lo fundamental de esos descubrimientos tenía que ver precisamente con eso: ir a la deriva, no tener control sobre el cómo, el cuándo ni el dónde. No controlar las condiciones contextuales. Antes de los DVD uno llamaba a amigos y familiares para avisar que estaba por comenzar tal película en tal canal. Uno se había enterado por accidente y llamaba al amigo para incluir un poco de control en la ecuación, para que él dejara lo que sea que estuviera haciendo y, a cambio, tuviera la oportunidad de agarrar la película a tiempo, ojalá pocos segundos antes de empezar para que pudiera grabarla si así lo deseaba. Era un sacrilegio ver la película ya iniciada y por eso, cuando uno compraba alguna boleta en taquilla, el dependiente se demoraba en recibirle a uno el billete y advertía con cara de tragedia que la película «ya arrancó», como diciendo «no soy quien para decirle qué hacer, pero no le recomiendo ver una película ya empezada». Sin embargo, gracias al zapping entendí que no hay nada de malo en eso: hay cierto placer secreto, cierto mérito escondido en ver una película ya iniciada.

Ese arranque azaroso, arbitrario e incontrolable, ese acto de encontrarme con una película que ya iba por su minuto veinte, hacía que la película fuera más personal, más mía y menos de cualquiera. Todo el mundo vio la película desde el principio y sin embargo yo la vi desde el minuto veinte. Ese minuto veinte se convierte en una especie de arranque personalizado, sin importar lo que hayan planeado el guionista, el director o el montajista. Ver una película ya iniciada puede generar despiste e incomprensión, pero también puede provocar que la película arranque mejor, que ese inicio apócrifo resulte ser el arranque perfecto para mis necesidades visuales / auditivas / narrativas / dramatúrgicas / fotográficas / actorales de ese momento en particular; puede que no de hoy, ni de ayer ni de mañana, ni del día en que fue hecha la película, pero sí de ese momento específico. Puede que la película empiece canónicamente con una escena mil veces pensada desde la escritura, mil veces reescrita para ajustarse a los cánones (mal llamados) aristotélicos, pero aun así puede que ese inicio no funcione para mí. Puede que ese arranque esté bien actuado, dirigido y montado, pero no resulta adecuado para mi sensibilidad cinéfila del momento concreto en el que enfrento la pantalla. Sin embargo, una escena ya en plena decadencia del primer acto (minuto veintisiete o treinta y dos), una escena que capaz el director considera la más floja de su producto, una escena que el montajista estuvo a punto de descartar porque «no aporta nada a la trama», puede que se constituya como la apertura oportuna para ver en un televisor de treinta pulgadas durante un zapping post almuerzo mientras el resto de la familia ve fútbol al otro lado de la casa. Y resulta tan poderosa la escena que, aunque no lo tenía planeado, permanezco con la película hasta el final y quedo con una sensación de plenitud difícil de alcanzar con productos que sí programé ver.
Quedo prendado de la película gracias a esa escena y espero durante meses que la retrasmitan. Las guías audiovisuales están extintas así que estoy solo contra el mundo, solo contra el caos y por alguna razón, cada vez que canaleo, llego siempre a ese mismo arranque falso o a algún momento posterior, nunca al arranque original de la película, como si el zapping estuviera vivo y fuera consiente de mis preferencias y de la frecuencia exacta de mi sensibilidad, como si el zapping decidiera retrasar o adelantar toda su programación, toda su parrilla previa y posterior, solo para complacerme, solo para ratificar el amor recién adquirido por esta película que llegué a odiar meses atrás y a la que solo pude entrar por la escotilla de esta escena tardía.
Luego, cuando consigo la película (comprada en el centro o descargada vía torrents) y la veo de nuevo, entiendo que el que yo consumí no es el verdadero arranque, pero da igual. Ya soy un converso fundamentalista. El verdadero arranque de la película termina codificándose en mi mente como un prólogo apócrifo, una introducción de veinte minutos, de cuarenta y siete o de hora y diez. Ya estoy casado con mi arranque personal y no voy a transigir. Ese dios pagano que es el zapping me entregó esta película y lo hizo con un génesis que no voy a profanar. Y tengo que fingir cuando hablo con otras personas sobre la película. Disimular y llamar «comienzo» a lo mismo que ellos llaman «comienzo». Fingir que comulgo con llamar «inicio» a ese arranque canónico, oficial y ortodoxo. Pero, entre la película y yo, entre HBO / Cinemax / TNT y yo, entre el zapping y yo, seguirá siendo un prólogo prescindible, una introducción que sobra, mientras que ese arranque que me empujó dentro de la película, el verdadero responsable de mi reconciliación con el filme, seguirá siendo mi arranque personal.
He pensado en usar uno de esos archivos descargados y correrlos desde el software de edición. Trabajar con el Adobe Premier para quitarle ese inicio oficial de la película y dejar una copia que arranque de la manera propuesta por el zapping. The Zapping Cut. Y hasta podría iniciar todo un nicho de mercado pirata, editar varias de las películas que me ha ofrecido el zapping con este nuevo inicio, con este inicio propuesto por el dios del azar catódico, difundir el chisme por internet y decir que hay versiones alternas de varios títulos y que estas versiones responden al nombre de Zapping Cut. Y puede que no pase nada, puede que lo encuentren ridículo y nadie haga eco de la propuesta. Aunque puede también que el chisme aterrice en terreno fértil y se difunda con la eficacia suficiente para que un día todos los coleccionistas que buscan versiones raras se enteren de este nuevo tipo de películas y lleguen en masa al centro preguntando por el zapping cut de varios títulos que llevan en un listado. Y muchos de ellos, seguramente estudiantes de cine, de historia o de comunicación social, discutirán con sus profesores de historia del cine y los llamarán mediocres por no estar enterados de la existencia de tal o cual zapping cut. ¿Cómo así, profesor, que usted conoce el redux de Apocalipse Now pero no conoce el Zapping Cut de esa misma película? ¿Esa es la educación que estamos recibiendo? ¿Es usted amigo personal del decano o cómo llegó a obtener esa plaza docente con tantos vacíos culturales? He pensado en hacer eso, en impulsar ese tipo de revoluciones culturales, pero luego reflexiono más a fondo y me arrepiento; decido que es mejor invertir ese tiempo sumergiéndome en el torrente catódico a ver qué más sorpresas me depara, a ver con qué regalos me premia el dios zapping por mi devoción a sus designios aleatorios.
3.
Las plataformas de streaming están recuperando el zapping. La existencia de un catálogo siempre disponible genera un efecto zapping de segunda categoría (subzapping) y, al mismo tiempo, un nuevo tipo de zapping (neozapping), uno evolucionado, con esteroides, elevado a la N potencia. La disponibilidad latente de otros contenidos distintos al que uno está viendo o al que tiene planeado consumir, es similar al fenómeno que tenía lugar en el mundo catódico: el televidente pensaba que por cada segundo que pasaba sin cambiar de canal, por cada instante que permaneciera consumiendo productos de una sola fuente, se estaba perdiendo de contenidos potencialmente mejores que aquellos que lo esperaban en otros canales. La posibilidad latente de esas otras imágenes, sonidos, textos, historias y personajes potencialmente mejores, esperaban al televidente con la ansiedad del corredor que aguarda el pistoletazo de partida, lo esperaban y al mismo tiempo lo incitaban a sentirse culpable por haberse quedado quieto, por estancarse y haber dejado de cambiar, por elegir un canal por encima de otro, por encima del resto, por encima de todos: una opción sobre la posibilidad de algo más.
Jerry Seinfeld lo expresó mejor que nadie: «Algunas personas quieren ver qué hay en TV, otros quieren ver qué más hay en televisión». Valga decir que la serie Seinfeld la vi en DVD y no transmitida por televisión abierta con otros canales latiendo bajo la superficie catódica y tentándome para caer en eso que el mismo comediante denunciaba. De cualquier forma, el punto es claro: ese deseo por el «qué más hay» propio del zapping catódico sobrevivió íntegro al consumo en plataformas; no importa si estoy viendo un contenido prometedor o garantizado, lo que importa es que por ver una sola cosa, estoy dejando de ver otras (el resto) y eso me hace sentir culpable: estoy desperdiciando la plataforma por no estar explorando / consumiendo el catálogo entero. Netflix, Max o Prime, además de almacenar contenidos, funcionan también como contenedores de ansiedades, posibilitadores de nuevos tipos de neurosis o de neurosis ancestrales con nuevos ropajes. Tal vez por eso sentimos esa necesidad de estar guardando cosas en la lista. Guardar varios títulos de interés en la lista de favoritos es una declaración de intenciones que puede salvarnos del juicio final. Si demostramos que teníamos la intención de ver tal o cual título (o paquete de títulos), al menos nadie va a criticarnos por subtutilizar la plataforma. El problema se da cuando descubrimos el efecto placebo que se esconde tras la lista: nos conformamos con guardar en lugar de ver y sentimos que tener una lista llena de títulos es mejor que una memoria llena de experiencias audiovisuales.
Las plataformas tienen (o han tenido) clásicos como Ninotchka (1939), Marnie (1964), The Wild Bunch (1969), Rancho Notorius (1952) o Ford Apache (1948), clásicos por los que yo habría matado en la época del DVD, pero da igual porque saber que están ahí hace que me interesen menos. Primero tiene lugar la satisfacción de saber que podré ver tal película legendaria sobre la que leí, pero que no era tan fácil de conseguir hace veinte años; también podré repetir tal título legendario que en su momento vi en una calidad muy baja. Eso es cierto. Esa satisfacción existe y es la que motiva agregar el título a la lista. Lo que termina sucediendo es que ver esos títulos tan disponibles y al alcance de todos, les resta valor. Tener acceso a esos clásicos con tanta facilidad y sin la solemnidad del objeto físico difícil de conseguir, sustrae el aura, la pátina y el prestigio que lo configura como clásico. El acceso fácil hace que sean menos clásicos: Ciudadano Kane está a la misma altura que la última película con Vin Diesel. Los clásicos ya no son joyas de la historia del cine, ahora son contenidos; contenidos de cine clásico, pero contenidos al fin y al cabo. Y tener esa característica tan vehicular (como lo son también los videos de YouTube y las stories de Instagram) hace que las películas y series que se catalogaban con ese epíteto tan sobreutilizado, ganen en asequibilidad, pero pierdan en aura, prestigio y valor emocional. Tenemos acceso a los contenidos (clásicos) y podemos verlos. Pero dado que son apenas contenidos, tampoco causa ninguna culpa ignorarlos o dejarlos pasar.
Y esa misma ansiedad del neozapping empezó a afectar mis rutinas de consumo analógico. Ya no era capaz de ver una película completa en DVD. Me sentaba a ver cualquier clásico y a la media hora ya estaba tenso y ansioso, sudando frío, pensando que por estar viendo este producto, en un aparato de otra época y aislado por completo del internet, me estaba perdiendo de algún nuevo episodio, de alguna nueva película estrenada en alguna plataforma, incluso puede que ese mismo contenido que estaba viendo en DVD se estuviera estrenando en alguna plataforma y yo me sentía culpable por perdérmelo justamente por estarlo viendo en un formato predecesor.
El fenómeno tocó techo cuando noté que en el catálogo de Amazon Prime hay varias películas de Woody Allen, pero muchas de ellas están dobladas al españolete y no están subtituladas. Las plataformas ofrecen una experiencia más pobre que la de los DVD piratas mal quemados: ofrecen contenido, pero en condiciones inferiores a las óptimas; lejos de ofrecer todas las opciones posibles para consumir el producto, ofrecen solo las condiciones mínimas (doblado y sin subtítulos) que permiten ahorrar espacio en servidores, espacio que necesitan despejar para incluir la siguiente novedad.
Las plataformas lograron una democratización similar a la que años antes consiguió la piratería, solo que en un contexto más veloz y con menos intermediarios. Ya no parece haber pobres ni ricos. Todos pueden pagar acceso a las plataformas y quienes no pueden (o eligen no hacerlo) ven los contenidos usando el streaming ilegal de Cuevana y de páginas similares. La gente ya no se preocupa por descargar o piratear lo que no puede conseguir en plataformas, porque el imaginario colectivo asume que si no se puede ver online, es porque no existe o porque no vale la pena verlo. Netflix está en boca de todo el mundo como el canal de televisión abierta más común en cada país. Netflix es el nuevo Canal Caracol.

4.
Cuando me dispongo a ver alguno de estos clásicos, me emociona la posibilidad de llenar vacíos filmográficos, pero en cuanto empieza la reproducción dentro del navegador y haciendo apenas un par de clics, todo es tan sencillo que hace que sea difícil tomármelo en serio. Mi cerebro lo sabe y por eso se pone en plan «estoy viendo televisión» en lugar de configurarse en modo «estoy viendo un clásico de Hitchcock». Y por eso me quedo frecuentemente dormido después del minuto sesenta. No solo porque los tiempos que corren nos acostumbran a concentrarnos durante máximo una hora (lo que suele durar el episodio de una serie), sino porque el cerebro sabe que está viendo televisión y tiene en su programación un comando claro: se ve televisión nocturna para dormir, se ve televisión para amoblar la estancia ante la inminente llegada de Morfeo. Me duermo, pero la película sigue discurriendo y su banda sonora se infiltra en mis sueños. Mi inconsciente trata de codificar oníricamente la información que recibe y se esfuerza por darle un sentido narrativo a esos datos: a veces crea escenas donde estoy parchando con algunas personas y de repente alguien propone empezar a citar líneas de películas y otro dice que sí, que acepta el juego, pero que solo si son líneas de Marnie, el mismo clásico que dejé hablando solo en el mundo de la vigilia. Y empiezan a recitar los diálogos y yo me siento excluido porque no me dejan participar del juego, uno habla y el otro responde y luego el primero habla de nuevo y ninguno me pasa la pelota discursiva para que yo también juegue. Cuando despierto, entiendo que era un castigo merecido: no pude participar porque me quedé dormido viendo la película y aunque mis oídos son los que están captando los diálogos que esos personajes oníricos reciben, merezco quedar relegado por grosero e irresponsable y entiendo que esos personajes oníricos nunca se quedarían dormidos viendo Marnie y de hecho la han visto tantas veces que por eso son capaces de recitar los diálogos de memoria.
Intento ver la película al día siguiente y en la memoria de la plataforma ha quedado registrado que ya la vi. La plataforma no ha detectado que me quedé dormido y, desde su punto de vista, si yo le doy PLAY de nuevo a la película, es porque quiero repetírmela. La plataforma me incluye en una base de (mata)datos en la que figuro como repetidor de películas. No me esfuerzo por sacarla de su error.
5.
«Se ha producido un error en el pago a la suscripción a Prime Video. Actualiza tu método de pago predeterminado». Prime Video era una plataforma a la que tenía acceso gracias a la generosidad de mi hermano y su esposa, cuya tarjeta de crédito estaba registrada para los pagos. Cuando la plataforma notificaba que no se había registrado el pago del último mes, yo sabía que me quedaban pocos días y pocas horas de Prime Video. El letrero aparecía en un recuadro rojo amenazante, pero no cortaban el suministro de entretenimiento inmediatamente. Lo dejaban durante algunos días como una advertencia comedida, como un llamado a la cordura consumista del buen pagar. Era como una palmada suave en el canto de la mano o como un jalón de orejas gentil con posibilidad de convertirse en caricia. No cortaban de inmediato, pero era probable que suspendieran el servicio a los pocos días de haber aparecido el letrero. También sabía que el servicio no regresaría hasta que reuniera el valor suficiente para hablar con mi hermano y pedirle que, por favor, volvieran a pagar porque me urgía ver determinada serie o determinado documental «por cuestiones laborales». Casi siempre era cierto, aunque en no pocas ocasiones inventé algún encargo del periódico o estar inmiscuido en algún proyecto investigativo que requería el visionado urgente de tal o cual producto que solo se conseguía en esa plataforma, producto que igual podría descargar por torrents, pero como ya estaba contaminado por la pereza del consumidor actual de streaming, mi cerebro se empeñaba en convencerme de esa imposibilidad: si no lo puedo ver en esta plataforma, no lo podré ver en ninguna parte.
Prime Video se convertía en mi prioridad. Todos los contenidos de la lista de Max o de Paramount Plus, la lista de pendientes de Star Plus, de Disney, de Apple TV y de Netflix pasaban a un segundo plano. Todos los DVDs pendientes y todos los archivos sin ver del disco duro perdían interés. En cambio, los contenidos de Prime Video, gracias a esta amenaza de corte y cancelación, de repente aparecían cubiertos de valor y urgencia: eran los únicos títulos que valía la pena ver justamente porque iban a dejar de estar disponibles pronto. Y entonces ese listado de «ver más tarde» que yo sabía que era pura carreta especulativa, puro antojo de acumulador, cobraba también valor y dejaba de ser una lista de «aguanta verlo más tarde» para pasar a ser una lista de «tienes que verlo ya antes de que hagan el corte». El listado cobraba relevancia como si fuera un listado de productos de primera necesidad en un contexto postapocalíptico y yo empezaba a ver esos contenidos con urgencia, hambre y un interés genuino motivado por el temor a quedarme sin la plataforma, como quien se cepilla los dientes varias veces después de asomarse por la ventana y ver que el empleado del acueducto viene a pocas cuadras para cortar el suministro. Temía que mi hermano se peleara con su esposa y discutieran sobre por qué seguían pagando una plataforma que prácticamente solo usaba yo, justo la persona más alejada de la familia.
Era un deadline que no dibujaba la línea con plena definición. No era estable ni fijo ese lapso entre la primera advertencia y el corte definitivo. No ocurría al día siguiente, ni dos días después ni media semana después. El corte solía tener lugar entre los dos y los siete días sin llegar nunca a ser predecible. No obstante, ese preaviso me hacía valorar mucho más la plataforma y me hacía pensar que esos contenidos que yo había dado por sentado, podrían dejar de estar disponibles al cabo de veinticuatro horas y esa potencial «no disponibilidad» les devolvía valor, les devolvía cierta aura, como si esos mismos contenidos estuvieran retrasados en los pagos de su proveedor de auras y finalmente hubieran pagado la cuota que los ponía al día o como si el aura y el prestigio de los clásicos fuera una especie de fenómeno óptico parecido al arcoíris que solo se activaba con la llovizna de la cancelación latente.
El pago no se hizo y la plataforma dejó de estar disponible. Y entonces empecé a experimentar el síndrome de abstinencia: la no disponibilidad de los contenidos me hacía pensar que eran los únicos que valía la pena ver. Y aunque tuviera acceso a Max, a Paramount, a Netflix, a Disney, a Apple TV, a mis discos duros y a mis DVD, lo que se me antojaba (necesitaba) ver en ese momento eran esos contenidos de Prime Video a los que no tenía acceso: me antojaba de ver Preacher, The Marvelous Mrs. Maisel, The Devils Hour, Transparent, Upload, Undone, Reacher, Fleabag, Sneaky Pete… Me antojaba de verlos justamente porque no podía verlos. Antes de las plataformas, cualquier cosa de la que me antojaba la descargaba y la veía sin más. De hecho, la primera serie de la era streaming (House of cards) la vi gracias a la piratería mucho antes de tener cuenta en Netflix. Pero mi yo de 2024 ya estaba permeado por los hábitos de consumo del espectador actual: aunque tenía acceso a torrents para descargar casi cualquier contenido, prefería no hacerlo, prefería esperar a que mi hermano resolviera los asuntos con su esposa y a que la plataforma estuviera de nuevo a mi alcance. Esperaba tener de nuevo acceso legal a la plataforma para que esos contenidos tan añorados volvieran a estar disponibles para darlos por sentado, subestimarlos e ignorarlos de nuevo.
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*Deivis Cortés (1986) es Magíster en Escrituras Creativas. Realizador y analista audiovisual. Profesor Universitario. Escritor. Comediante. Coordinador de la Cinemateca Sala Alterna (2014-2016). Ha colaborado en las revistas Kinetoscopio, Extrabismos, Arcadia, Revista Universidad de Antioquia, Revista Excodra, Hojas Universitarias, Gamers-On, Axxón, El Espectador y Cuadernos de Cine Colombiano (Cinemateca Distrital). Reseñista de las Maletas de cine del Ministerio de Cultura (2009). Egresado de la Escuela de Cine y TV de la Universidad Nacional de Colombia. Coautor del libro de ensayos «Bogotá fílmica – 201». Se ha desempeñado como docente de cine en la Universidad del Rosario, Universidad Nacional de Colombia y Universidad Manuela Beltrán. Fue Coordinador de investigaciones en la Universidad Manuela Beltrán (2018). Fue miembro del elenco de la serie web «Con ánimo de ofender» (2018-2021). Fue realizador de las series web «Clasificado» (2019) y «Turisteandup» (2021). Miembro del podcast «Podcastinando» (2020) y «Por La Ventana PODCAST» (2023). Autor del libro de relatos «Interfaz» (Editorial 531) y de la novela «Ojo Midas» (Escarabajo Editorial). Creador y host del podcast «RAYONES DE CINE» (2022-2024).
